Cuando Inglaterra quiso apoderarse de TODA América y de como un vasco cojo, manco y tuerto se lo impidió

La historia que los ingleses prohibieron contar

 

Hace casi 300 años un Rey inglés decidió quitarle a España todos sus dominios en América.

Desde México hasta Tierra del Fuego.

Y para hacer esto preparó la más formidable invasión que el mundo hubiera visto.

Tan enorme era la “Task Force” que solo fué superada en naves, hombres y armas 203 años después por la invasión a Normadía, (en 1944, cuando cruzaron el canal de la mancha para invadir Francia y llegar hasta Berlín).

Para vengar una intolerable ofensa que los españoles le habían hecho a un pirata y contrabandista y negrero inglés llamado Robert Jenkins.

¿Por que el Rey Jorge II se ofendió, cuando la pena internacionalmente aceptada para un pirata (o corsario, porque las patentes de corso solo eran respetadas por el país que las otorgaba), era la horca?.

Porque los españoles le habían cortado la oreja a Jenkins para que el Rey Jorge II escuche a través de ella, ya que no parecía comprender que la pirateria y el contrabando no se podían hacer en tiempos de paz.

Entonces declaró la guerra a España en 1739.

Pero España ya no era lo que fuese en el siglo anterior.  La débil España, despedazada desde principios de 1700 por una guerra de sucesión que terminó coronando reyes afrancesados, lejos de la grandeza de los Quijotes o la decisión de los Cortez o la tozuda lealtad de los Sarmiento de Gamboa.

No debieron ser silenciosos los preparativos de 196 buques de guerra y transporte y la formidable fuerza de invasión que se preparaba tanto en Inglaterra como en sus colonias.  Ni tampoco se le habrán escapado a los informantes al servicio de España cual era el objetivo: entrar a los “Reinos de indias” de la antigua España, ya disminuidos a “nuestras colonias de América” por los políticos liberales del menguado orgullo Español.

Tal vez en previsión de eso, se puso en la puerta de América del Sur, que era el puerto de Cartagena de Indias, en el caribe colombiano al mando militar de BLAS DE LEZO.

No se sabía cuantos iban a venir, pero se conocía la fiereza combativa del almirante Blas de Lezo, fiereza y coraje que no era a prueba de balas, ya que Blas habia perdido una pierna por un cañonazo inglés cuando tenía 17 años, y luego las esquirlas de otro cañon le habían vaciado un ojo y en otra oportunidad un tiro de mosquete le había dejado inútil un brazo. Tanto que se lo llamaba “medio hombre” (suponemos que en secreto, porque tal vez nadie se atrevía a verlo encolerizado). 

Este formidable guerrero contendría la esperada invasión hasta que la flota española, situada en Cuba llegase a tomar combate.

Invasión de la que nadie imaginaba su gigantesco tamaño.

Una epidemia de cólera asoló a Cartagena de Indias y diezmó a sus defensores, quedando su guarnición reducida a 3000 militares auxiliados por 600 indios de arco y flechas,  Pero esos eran avatares esperables en aquellas épocas.

Blas hubo de planificar cuidadosamente la defensa, ya que solo para servir a los mil cañones propios (si es que todos esos cañones estuviesen operativos) hubiese necesitado 4500 artilleros (se requerían al menos cuatro servidores por cañón).

El 16 de marzo de 1741 apareció frente a Cartagena algo tan formidable que nadie podía creerlo.

El horizonte estaba erizado de mástiles. 196 buques con insignias inglesas, 32000 hombres, 3000 cañones iban a devorarse la ciudad pasando por encima de todo lo que quisiera oponerse.Al mando iba el almirante Edward Vernon, que ostentaba el más alto grado en la marina y era primo de Jorge II.

Eslava, Virrey de Nueva Granada, pensaba que toda resistencia sería inútil. Lo mismo seguramente pensaban las personas sensatas. Resistirse solo traería un infierno de fuego demolición y muerte sobre Cartagena y la matanza y saqueo serían inevitables.

Pero Blas no pensaba lo mismo. En su larga historia ya había salido triunfante de situaciones similares.  Blas era tenido y temido por loco; pero el mundo bienpensante también llama loco al genio, al que no es comprendido, al que actúa sin tener en cuenta la opinión generalizada.  Blas era valiente hasta la temeridad, imprudente tal vez; pero un genio; un hábil estratega. Por loco pensó como el Quijote frente a los molinos de viento, trastocados en aspaventosos gigantes.

De los 32.000 invasores 4000 eran norteamericanos.  Entre ellos estaba un hermano de Gorge Washington.  Había también negros jamaicanos armados de machete y destinados a ser la vanguardia de los prudentes y racionales blancos anglosajones.

Nada ha cambiado; a otros lados han llevado gurkas.

Luego seguramente se sumarían – pensaban ellos – los que siempre se adhieren a los triunfadores. Cipayos hubo siempre y más habrá cuando el resentimiento ancestral los entusiasme con la derrota de los arrogantes amos actuales, sin pensar que en esa voltereta se adquiririan nuevos y peores amos; nuevos amos que los despreciarían por su sangre mezclada; por su religión fuera esta la de los conquistadores o la de sus ancestros americanos o la mezcla de las dos; por su color; nuevos amos para los cuales solo cabría trabajar para ellos; que echarían al fuego a los primitivos telares, los talleres domésticos e industrias incipientes obligandolos solo a producir y malvender materias primas que alimenten las industrias que en Manchester y Londes crecerían al abrigo de la revolución industrial.

Blas ya había combatido y triufado contra fuerzas diez veces superiores aunque no en la escala que se le presentaba ahora.  Era temido y respetado; el Virrey le permite que pase por sobre su autoridad y se repliega a la espera que el devenir de los acontecimientos le empiezen a dar la razón y entonces mandaria emisarios para pactar la rendición.  Tampoco descartaba que la temeridad de Blas terminara con su vida, porque Blas de Lezo elegía siempre el lugar de mayor peligro para comandar.  Su pierna, brazo y ojo certificaban que así lo volvería a hacer.

Sobrepasa la intención de estas líneas el enumerar los distintos avatares de la batalla de Cartagena de Indias, que duró casi tres meses. Nos ceñiremos al plan general.

Blas, marino de profesión y heredero de la larga tradición de marinos vascos, comprendió que con sus seis buques no había posibilidad alguna contra los 196 buques ingleses.  Podría admirar a los ingleses con su valentía y audacia de marino, pero serían pocas horas, tal vez días y luego, gallarda, heróicamente, el último navío español se hundiría con su cargamento de muertos y heridos en las aguas que a partir de ese momento serían inglesas tal vez para siempre.

No; Blas sabía elegir el terreno.  Primero obligaría a los ingleses a desembarcar y tomar las baterías de la isla de “Tierra Bomba” que cerraba la bahia.  Sin esa llave no llegarían a situarse frente a las fortalezas que defendían el puerto. Blas contaba con la ayuda de las cenagosas tierras de la isla, pobladas con caimanes y sobre todo por mosquitos.  Calculaba que la mitad de las tropas que desembarcaran no conocían ese tipo de terreno.

Luego le dejarían la isla a los invasores no sin haberles causado muchas bajas y hundido algún navío. Antes que lograsen pasar habría tendido una cadena entre barcos artillados, que los ingleses no querrían hundir porque cerrarían con naufragios la entrtada al objetivo.

Finalmente y paso a paso Blas se iria retirando hasta el amparo del castillo de San Felipe y fortaleza del Cerro de la Popa.

Contaba el genial marino también con que en el atropellado apuro por obtener la que creían segura victoria los ingleses no enterrasen ni a sus muertos ni a los muertos españoles.  El clima tropical se encargaría de que esos muertos siguieran combatiendo diseminando hedor y cultivando pestes; que no tardaron en estallar.

Otro que siguió combatiendo luego de ser prisionero y muerto fué el navío insignia de la flota española, el Galicia, llevado para ser hundido y obstaculizar el paso de Bocachica no llegó a hundirse y cayó en manos de los ingleses, que lo llevan a Jamaica como prueba que Cartagena ya había caído en sus manos.  Tanto entusiasmo hubo en Londres por la noticia que las campanas de las iglesias se echaro a vuelo, se dispararon salvas desde la torre de Londres, hubo fuegos artificiales y el parlamento hizo acuñar monedas conmemorativas representando a Lezo arrodillado frente a Vernon (Lezo con sus dos piernas y brazos, pues se disminuiría la gloria obtenida si el vencido fuese un tullido), con la inscripcción: “el orgullo español humillado por Vernon”.

Pero el Galicia volvió a Cartagena y en la batalla final, frente a la castillo de San Felipe terminó desarbolado comenzando a incendiarse y llevado por el viento contagió su fuego a otras naves inglesas.

En la estrategia mutua de desgastar al enemigo, los ingleses por el contínuo cañoneo de sus 3000 cañones y Blas de Lezo con su planificada retirada, dejando a los ingleses en un terreno cenagosos, pestilente y demoralizante.

Las fiebres y el trópico terminó convenciendo a los ingleses a dar la batalla final asaltando la poderosa fortaleza del castillo de San Felipe, ultimo valuarte a conquistar.  Para ello fabricaron escaleras con las que treparían por los inclinados muros y valiéndose de su abrumadora superioridad numérica alcanzarían la victoria final.

El asalto se efectuó el 20 de abril por todos los muros del fuerte.

Llegaron al pie del muro, situaron las escalas pero...¡eran cortas!.  Lezo había ordenado cavar un foso alrededor del fuerte y las escalas, cuidadosamente hechas quedaron cortas.  En el parte de la batalla, los españoles dicen: “rechazados al fusil por mas de una hora y después de salido el Sol en un fuego continuo y biendo los enemigos la ninguna esperanza de su intento (…) se pusieron en bergonzosa fuga al berse fatigados de los Nuestros los que cansados de escopetearles se abanzaron a bayoneta calada siguiendolos hasta quasi su campo…”.

Hoy, en esos gloriosos muros de la castillo de San Felipe de Barajas hay una placa que dice:

Ante estas murallas fueron humilladas Inglaterra y sus colonias

Un mes más permaneció Vernon con sus buques frente a Cartagena de Indias. 

Tal vez ese tiempo hubiese podido ser aprovechado para atenazar a los navíos ingleses si la escuadra española surta en Cuba hubiese actuado.

Finalmente el 20 de mayo de 1741 se fueron.  Por cincuenta años, hasta Trafalgar en 1805 los ingleses no tuvieron el dominio del mar.

La leyenda recoje esta frase de Blas de Lezo:

“TODO BUEN ESPAÑOL DEBE MEAR SIEMPRE EN DIRECCIÓN A INGLATERRA”.

Y esta del resentido Vernon:

«God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga Lezo!)

La historia inglesa aún obedece la órden dada por el rey Jorge II de nunca más hablar de la batalla de Cartagena de Indias.

 

El saldo de la batalla fué:

 

Pérdidas Inglesas

3500 muertos en combate.

2500 muertos por enfermedades.

7500 heridos en combate.

 

6 navíos de tres puentes.

 

1 3 navíos de dos puentes.

4 fragatas.

27 transportes.

Alguno de estos barcos fueron hundidos por los mismos ingleses por falta de tripulación para que no caigan en manos de los españoles.

1500 cañones capturados o destruidos por los españoles.

 

Pérdidas españolas:

800 soldados.

1200 heridos.

 

6 navíos de dos puentes.

5 fuertes.

3 baterías.

395 cañones.

 

Eduardo Rosa

Mayo de 2015

 

Imprimir Correo electrónico

logo

No te pierdas las novedades de PVAT. Seguinos en las Redes Sociales.