Si murió el padre de la democracia, porque no me siento huérfano?

La muerte del ex presidente Raúl Alfonsín hizo aflorar un sin número de elogios, lamentaciones y panegíricos dignos de Pericles en cuanto a figura fundante de los principios democráticos universales. De padre de la democracia al más honesto, sin mediar medias tintas, en ese fetichismo de los medios de endiosar a los difuntos luego de ser vituperados.

Yo mismo comparto la tristeza colectiva y la sensación de un final de época con su fallecimiento, muy unido a mis recuerdos de la niñez y preadolescencia. El fin de la primaria, las marchas, las lecturas de la revista Humor, las pintadas en el centro de Lomas, y demás recuerdos que se conjugaron con mí cursada en el secundario en paralelo con el desarrollo de su gobierno. Pero de allí a sentirme huérfano hay un salto paso enorme, tan grande como el vacío de poder de los últimos meses de la gestión radical en los ’80.

Sin restar méritos al dirigente de Chascomús, su figura devaluada en años anteriores se vio realzada por desgracias personales (su accidente automovilístico y la muerte de su nieta) y por recientes homenajes tributados, paradójicamente, por el peronismo a nivel provincial (homenaje en el Teatro Argentino) y a nivel nacional (el reconocimiento de la Presidenta y el Presidente del PJ con su busto en la Casa Rosada).

Quizás con su muerte se haya terminado el ciclo de los políticos formados en la concepción de la política cuerpo a cuerpo, - entre roscas, visitas a comités, ateneos y unidades básicas, junto al puntero de barrio,  en esa mezcla de paternalismo y conducción férrea, donde fue acompañado en estilo y tiempo por figuras como Oscar Alende, Carlos Auyero, Vicente Saadi, Leopoldo Bravo, Raúl Matera, y Arturo Frondizi.

Corajudo y frontal fue quien planteó el juicio a las juntas militares, a quien bancó a la CONADEP, a quien se enfrentó los chiflidos en el acto inaugural de la sociedad Rural, de “mandársela guardar” a un sacerdote en medio de su homilía, de impulsar la ley de divorcio,  o de convocar a la Plaza para apoyar su “economía de guerra” o para sostener su gobierno frente al planteo “carapintada” en Semana Santa.

También fue el mismo que intentó desarticular al movimiento obrero organizado, que buscó quebrar al justicialismo con su proclamado tercer movimiento histórico, que fracaso con cada plan económico ejecutado durante su administración, y que acordó con los militares el cese de los juicios con las leyes de obediencia debida y el punto final. De allí a sumar el acuerdo por el Beagle y el pacto de Olivos hay un tiro de piedra y un eterno juego con Menem, el mismo que no pidió juzgar ningún acto de corrupción del gobierno saliente y que mantuvo siempre contacto con los impolutos de la Coordinadora

Quizás fue el último caudillo o líder de masas de la clase media conservadora, como escribieron los compañeros de la Agencia Paco Urondo, con sangre en las venas, pasión y convencimiento, elementos que suelen escasear no sólo en el partido centenario de boinas blancas sino en la dirigencia política actual.

Representante de los sectores medios, los mismos que le volvieron la espalda ante la hiperinflación y los saqueos pidiendo orden, hoy son sus viudas más prominentes llorando al unísono con la oposición descolorida que se aferra al simbolismo alfonsinista como tabla de salvación ante los próximos comicios de junio.

No niego la importancia de Alfonsín en el retorno de la democracia argentina, pero fue en paralelo a todo un movimiento donde el pueblo argentino dijo basta al absurdo militarismo autoritario procesista.

Mi reconocimiento se dirige a aquellos 30.000 que con su sangre pagaron la resistencia al Proceso, a los integrantes de la Multipartidaria, y a Saúl Ubaldini (su más grande y genuino opositor) por su férrea decisión de defensa del salario y la dignidad del trabajador argentino., que fueron los que posibilitaron el retorno democrático.

Celebro si su figura sirve como prenda de unión, pero descreo de las reacciones de sectores del medio pelo, los medios de comunicación y la oposición que utilizan esta ceremonia como su “Corpus Christi” contra el oficialismo K.

Hoy sería bueno plantearnos como lo consideraríamos a Alfonsín, si del lado de lo nacional o de la antipatria. Con el paso del tiempo y la experiencia de la Alianza con De La Rua y lo más rancio de la UCR, respondería que don Raúl estaría más cerca nuestro, a pesar de su pasado de comando civil y su gorilismo a flor de piel en sus denuncias ochentonas por el pacto milita – sindical de recortes de diarios y diatribas electoralistas.

Viendo su féretro y el dolor popular quedan recuerdos, sensaciones y sentimientos encontrados. Quizás con su muerte nos falte un opositor de fuste, un político de “raza” y un caudillo, quizás el último jefe radical, con el que podamos enojarnos, protestar pero reconocernos como un par.

Estas consideraciones intentan poner en su lugar, desde mi óptica, la figura de Alfonsín, sin desconocer sus valores y siguiendo el respeto que hoy el peronismo mantuvo por su memoria. Recuerdo que tras la muerte del Presidente Juan Perón, algunas boinas blancas iracundas pintaron un desafiante: “Muerto el perro, se terminó la rabia”, respondida inmediatamente por la JP con el slogan “Nosotros somos la rabia”.

A pesar de las “vacunas” que hemos recibido en estos años por los radicales y nuestra dirigencia aún el peronismo tiene espuma en la boca, aunque parezca más del cepillando matutino que de furia revolucionaria.  Eso nos tiene que motivar para seguir en la lucha, y que esa lucha sirva para nuestro pueblo, junto a otros que estén en la senda nacional.

Hoy, en un nuevo aniversario de la gesta de Malvinas, gracias al coraje de los combatientes y a pesar de Galtieri, el cielo refleja nuestra contradicción al oscilar entre la lluvia que acompaña el luto y las sombras de su gestión, junto a los pequeños destellos de sol de la tarde que iluminan algunas acciones positivas de Alfonsín, junto a lo simbólico de su figura para la militancia radical y un sector importante del pueblo.

Valen mis consideraciones como homenaje de un opositor a un jefe que se erigió como epónimo de una época difícil de aprendizajes y errores, pero leal a lo que sintió y defendió, y que hoy tiene un lugar en el panteón de los grandes hombres de la Argentina.

Lic. Pablo A. Vázquez

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