Isabelita sufrió siniestras torturas psicológicas (Nota III)

Lastimosamente continúa el ridículo novelón de los exhortos pidiendo la extradición de Isabelita. El espinoso invento, propio de aprendices de brujo, entretendrá por un buen tiempo a administradores de injusticias. También a quienes esperan -una vez más y con fracaso seguro- haber encontrado la fórmula mágica para la disolución o muerte del peronismo y sus tres banderas: soberanía política, independencia económica y justicia social. Más difícil aun será intentar borrar de la memoria popular a Perón y a Evita desde tribunales del país y el exterior, como al ideario del peronismo y los peronistas todos..

Con odios reactivados se vuelve a puercas intrigas que se hicieron circular durante los 6 años y medio que Isabelita estuvo secuestrada, enterrada en vida. Alguien escribe que debería estar agradecida “la Chabela” por habérsela alojado en “lugares de lujo”, cuando la pérdida de la libertad no reconoce cárceles de lujo. Siempre aislada, a gran distancia de familiares y amigos. Además, vivía bajo odiosa vigilancia continua. Las guardias se turnaban entre miembros de las tres armas, coincidiendo algunos en faltarle al respeto y provocarle molestias, lanzando a correr  rumores de todo tipo durante el largo cautiverio.


La prisión  en el “Palacio” Mesidor

Desempolvando viejos apuntes, hoy podemos contar  increíbles torturas “psicológicas” que sólo podían salir de libretos nazis o de otros países colonialistas. El objetivo evidentemente era desequilibrarla mentalmente, cosa que no lograron sus verdugos. Este párrafo corresponde a notas tomadas a mano junto a Isabelita cuando arribó a Madrid, ya liberada. Es algo que estamos escribiendo por separado y de esa oportunidad tenemos foto con ella.

“En el Mesidor creí que podría llegar a enloquecer o morir envenenada pero la oración me fortalecía. Lo más torturador era la prohibición de lecturas. Ni diarios  ni revistas. Tampoco radio y las visitas de familiares fueron contadas y cortas. La agresividad de mis guardianes habían impuesto mi silencio absoluto, como también entre cuantos carceleros se cruzaban conmigo. Cuando me traían la comida no me respondían ni a la pregunta de si el alimento tenía o no sal.

“Mi única compañía era la mucama. Con ella, afectuosa conmigo, si podía hablar a puertas cerradas, cuidando las palabras por temor a escuchas. Ella trataba de consolar mi aislamiento del mundo. Solíamos cantar en voz baja canciones de la infancia en las partes que recordábamos. También rezábamos mucho. Todo en un espacio reducido del edificio, sin enterarme nunca si habían otros huéspedes o detenidos en el Mesidor. El silencio era absoluto.

“En ese tiempo se me entregaron muy pocas cartas de familiares y algunas prácticamente ilegibles por las mutilaciones del texto censurado.

“El corte a rape de mi cabello, sin consulta previa, fue una fiesta para los carceleros. Eso me hacía recordar que durante la liberación de París, a finales de la Segunda Guerra Mundial, era un castigo aplicado a prostitutas y colaboracionistas.

Valientes testimonios del doctor Labaké

Veamos lo divulgado en Internet el pasado sábado 20 de este enero del 2007 por el doctor Juan  Gabriel Labaké, conocido jurista, quien fuera abogado defensor de Isabelita. Es todo un ejemplo de valor cívico a destacar ante el silencio de tantos autoproclamados “jerarcas” del peronismo. Dice así:

“Cuando los de “derecha” produjeron su cuartelazo, cargaron todas las culpas sobre el gobierno constitucional para justificar la matanza vengativa de los de “izquierda” y de miles de otros argentinos que nada tenían que ver en esa pelea feroz entre dos grupos terroristas. Por eso mantuvieron en prisión prepotente (farisaicamente disfrazada de sentencia judicial) a la ex presidenta Isabel a quien en el Mesidor llegaron a rapar “a la papa” “porque había muchos piojos en la residencia neuquina” (textual), Y, no conformes con ello, inventaron el rumor infame de que “Isabel había quedado embarazada porque mantenía un amorío con el capitán de su propia guardia militar”. El pobre hombre, un peronista al fin y al cabo, había cometido el “delito” de solicitar a Isabel que se sacara una foto junto a él, lo cual le costó al capitán la inmediata y deshonrosa destitución de su cargo, y el retiro obligado. A Isabel le costó el rumor infame de los militares sobre su fantasmal embarazo. El relato detallado de esta incalificable calumnia me fue hecho por la propia Isabel alrededor de 1987. El rumor del embarazo corría por todo el país.

“En 1977, el ex ministro de Educación Pedro Arrighi, el ex de Economía Emilio Mondelli y yo, pedimos audiencia con el cardenal primado Monseñor Aramburu para rogarle como católicos, que la Iglesia interviniera por la libertad de la ex presidente constitucional. Monseñor Aramburu estaba “muy ocupado”. En su lugar nos atendió un obispo auxiliar, de cuyo nombre no quiero recordarme, quien, al escuchar nuestro ruego, nos respondió que la Iglesia no podía interceder “por una mujer que había quedado embarazada del capitán de su guardia”… Lo difundo con mucho dolor, porque soy creyente y practicante católico, pero es indispensable hacerlo para que se comprenda hasta donde había llegado el odio de ciertos sectores de poder hacia Isabel y su gobierno,  y hasta donde la ex presidente debió sufrir ese odio atroz e insondable. Si un obispo de la Iglesia llegó a sumarse a esa deleznable calumnia (pecado gravísimo si los hay) y a ese implacable rencor contra la viuda del conductor del peronismo (me refiero al peronismo auténtico y decente, al de antes)…”
“Para completar el relato –agrega el doctor Labaké- sobre la forma en que los terroristas de Estado maltrataron a Isabel, digamos que, estando presa en su propia quinta de San Vicente (1980/81), la ex presidente contrajo una úlcera gastroduodenal hemorrágica. Los militares, por rencor o por miedo a que se supiera que la estaban torturando moralmente al punto de producirle dicha herida típica del sufrimiento y del "stress", se negaban a internarla  en un centro médico adecuado para tratar esa grave enfermedad.

A través de una fuente amiga (y compañera), cuya identidad no difundo por no tener su autorización expresa, Isabel me envió un mensaje personal pidiéndome urgente ayuda. Se me ocurrió entrevistar al jefe de redacción de la Agencia DyN y proponerle un trato delicado; ellos publicarían la noticia, y yo me haría responsable públicamente de su autenticidad. Así le evitaría a DyN algunos "dolores de cabeza" frente al gobierno de la dictadura. El jefe de redacción aceptó y publicó la noticia junto con mi respaldo personal a su veracidad. De esa manera se supo que Isabel estaba gravemente enferma, y el gobierno militar no tuvo más remedio que internarla en un sanatorio de Buenos Aires y, recién ahí,’hacerla tratar’ como a un ser humano…”

 

Isabelita camino del mito

Los enemigos de Isabelita, sin quererlo, la están convirtiendo en una figura épica por el silencio y dignidad con que ha soportado tanto injusto maltrato. Sobre ella se escribirán muchos libros, en favor y en contra, pero ambas interpretaciones reforzarán su vigencia prestigiándola como histórica militante peronista. No cualquiera llega a sobrevivir y salir airosa de tamaños avatares, con una salud siempre frágil y soportando tantos momentos de soledad agresiva.

Con las resonancias de los dos pedidos de extradición la sacan del olvido voluntario, provocando un efecto bumerán contra las intencionalidades políticas de gorilas de izquierda y derecha. 

El acoso constante periodístico, como su mutismo, redoblan el interés de la opinión  pública por saber más de ella.

Como sucede con los mitos, la imaginación de artistas y escritores la convertirán en leyenda popular. La tradición oral hará lo suyo para perpetuar su memoria.

Una larga lista de periodistas e intelectuales desde hace años le ruegan sin  éxito la concesión de entrevistas o material  para hacerle su biografía. Ni siquiera admite le tomen fotos con extraños para evitar que, a partir de ese registro gráfico, se le inventen biografías, declaraciones políticas o “confidencias”.

El nombre de Isabelita superará al tiempo, cuando ya nadie recordará con respeto a quienes la verduguearon por tantos años. De sus críticos no se dirá palabra, por aquella sentencia popular que los desprecia diciendo: “los críticos son los perros que orinan las bases de los monumentos”.

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