Atilio Garcia Mellid o el regreso de las montoneras

En la conferencia del día de hoy me voy  a referir a un pensador nacional polémico. ¿Su nombre? Atilio García Mellid.

Y digo que es un pensador polémico porque, a juicio de quien les habla, el centro medular de su pensamiento, plasmado fundamentalmente en su labor historiográfica –aunque para ajustarse mas a la realidad debería decir política-historiográfica – es ni mas ni menos que el protagonismo del pueblo como el centro de la Historia. Y esta simple y sencilla idea ya lo convierte en un hombre polémico tanto para los historiadores liberales que a lo largo de sus publicaciones escamotearon este protagonismo tras el tristemente famoso latiguillo de “civilización o barbarie” a través del cual invirtieron el significado de las palabras, toda vez que para ellos era bárbaro el gaucho, el criollo, el que pensaba y vivía en nacional, como producto de nuestra tierra, y civilización en cambio, era el unitario, el ilustrado que pensaba y vivía a la europea, queriendo reemplazar nuestra realidad por un modelo exterior, o en palabras del propio Mellid: “Bárbaro era cuanto se alineaba en la defensa de lo nacional, en la causa de la justicia para el pueblo”. (García Mellid, Atilio, Montoneras y caudillos en la Historia Argentina, Buenos Aires, EUDEBA, 1985 p. 27). Decía entonces, que García Mellid es un autor  polémico para los liberales por los motivos que quedaron expuestos, pero también lo es para  ciertos autores nacionalistas conocidos como “restauradores”, que más que en el pueblo siempre creyeron en el protagonismo de elites aristocráticas como artífices de la historia. Sin embargo, siempre hay una excepción que confirma la regla, y en este caso fue nada menos que Marcelo Sánchez Sorondo quien dijo: “En cabeza de Perón y a través del peronismo la prédica nacionalista se convirtió en doctrina nacional. Todo el país políticamente mensurable, se reconoce desde entonces en ese espejo que algunos pretenden fragmentar. Por la ancha convicción del pueblo  nuestro país descubre que es nacionalista con San Martín, Rosas y Perón”. (SANCHEZ SORONDO, Marcelo, La Argentina por dentro, Buenos Aires, Sudamericana, 1987, p. 419).

Por lo tanto, y apenas entrando en tema, tenemos uno de los principales conceptos que Uds tienen que asimilar para comprender el pensamiento de García Mellid: el pueblo como sujeto y protagonista de la historia.

A título personal debo confesar que quien aquí humildemente expone, siempre sintió curiosidad, y hasta me he visto reflejado en varias cuestiones con la personalidad de Atilio García Mellid. Paso a explicarles por qué.

Primeramente, nuestro biografiado no provenía de una familia “nacional”, en el sentido político de la palabra, y su educación y formación estuvieron inicialmente signadas por prédicas liberales oficialmente impartidas desde la enseñanza, a través de todos los planes de estudio en todos los niveles; primario, secundario y universitario. Incluso D Atri en su libro “El revisionismo histórico y su historiografía” que forma parte como apéndice del libro de Jauretche, “Política nacional y revisionismo histórico”, editado por Peña Lillo en 1974, señala en la página 136: “Este escritor, luego de un breve paso por la masonería, devino a una posición nacionalista ortodoxa”. Es que como resulta lógico, para quienes no “mamamos el revisionismo y lo nacional” desde la cuna, desde nuestro seno familiar, nuestro primer contacto con la historia y la política es lo que se dicta en colegios, universidades, etc, es decir, la historia oficial. Y para llegar a lo nacional se debe recorrer un doble camino, una doble tarea. Primero hay que desaprender todo lo falso y lo que nos ha llevado al error, y desandar senderos equivocados. Después, aprender la sana doctrina, buceando en nuestra historia y política, y  en esa búsqueda que más que histórica es filosófica y teológica, encontrar el camino que nos lleve a  la verdad. Este rasgo de García Mellid de tener que “reaprender” me identifica profundamente. Sobre el tema; decía  con extraordinaria precisión y terrible crudeza ese patriota que ejerció según Juan Domingo Perón “la primera magistratura moral de la república”, y que se llamaba Raúl Scalabrini Ortiz: “Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran [...] Volver  a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer exactamente cómo somos”. (SCALABRINI ORTIZ, Raúl, Política Británica en el  Río de la Plata, Buenos Aires, Plus Ultra, 2001, p. 7). O dicho en palabras más sencillas, pertenecientes al inmortal José Hernández, quien escribió nada menos que el libro nacional por excelencia y –dicho sea de paso- su militancia rosista, federal y antiliberal se oculta vilmente:

“Hay hombres que de su cencia

Tienen la cabeza llena;

Hay sabios de todas menas, (de todas las clases o categorías. Nota del autor)

Más digo, sin ser muy ducho,

Es mejor que aprender mucho

El aprender cosas buenas”. (HERNANDEZ, José, Martín Fierro. Segunda Parte, Buenos Aires, Distribuidora Quevedo de Ediciones, 2005, p. 259).

Otro rasgo de García Mellid con el cual me identifico profundamente es el fino análisis que efectuó de nuestra historia, detectando la constante dicotomía que campea en la misma.  Y partiendo de esas dos argentinas, pudo establecer las correspondientes líneas históricas, que no son otra cosa, que los “mojones” que a lo largo de nuestra historia representaron a una u otra corriente política con una coherencia ideológica que apuntaba a la construcción de un modelo de país determinado. Pero más adelante volveré sobre el tema.

Ahora, brevemente, y a título informativo haré una pequeña reseña de su biografía.

Atilio Eugenio García Mellid, tal era su nombre completo, nació en Buenos Aires el 4 de agosto de 1901 y falleció el 24 de enero de 1972 en la misma ciudad.

Fue docente, diplomático, periodista e historiador. Desde muchacho tuvo inquietudes literarias y políticas. La impronta juvenil lo inició en la poesía. Entre sus obras poéticas se pueden mencionar: “El templo de cristal” (1924); “Los poemas del mar y la estrella” (1925); “La torre en el paisaje” (1931); “Sonetos del amor divino” (1953). Un comentario aparte merece el poema publicado en el periódico “Norte”, el 24 de julio de 1958, titulado “A Eva inmortal” y cuyos versos iniciales dicen: “Tu cabeza yacente al mundo asomas y ángeles rubios vuelan de tu pelo”.

Su labor como periodista la desempeñó como Director de las publicaciones “Itinerario de América”, de la revista “Biblos”, de la Cámara del Libro, dirigida primeramente nada menos que por Julio Cortázar, y “Selección” (Cuadernos mensuales de cultura); donde hacía comentarios bibliográficos Jorge Luis Borges.

Como hombre de letras y perteneciente a la cultura era asiduo concurrente a la Asociación de Escritores Argentinos (ADEA) que fundó Arturo Cancela en la planta alta del Bar Helvetia de Corrientes y San Martín, donde también concurrían Leopoldo Marechal, José María Castiñeira de Dios, Juan Alfonso Carrizo, Rafael Jijena Sánchez, César Tiempo, Horacio Rega Molina, entre otros.

Participó de  “La primera Feria del Libro Argentino” (1943), cuya realización fue idea de la Cámara Argentina del Libro, que presidía Guillermo Kraf y de la cual Mellid era gerente.

Como Docente, Atilio García Mellid fue catedrático entre los años 1922 y 1946, e integrante del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, donde colaboró dando conferencias y escribiendo en al menos tres números de su revista.

Fue también un apasionado militante político. Afiliado a la UCR, fue uno de los fundadores de FORJA en 1935  hasta su disolución e incorporación al peronismo. En el gobierno de Perón  fue Director del Departamento de Cultura de la Cancillería, y en 1948, Embajador en Canadá. Su adhesión al peronismo, le trajo cuando el golpe de la “fusiladora” de 1955, el exilio en el Uruguay y la persecución. En la etapa de la resistencia peronista fue correo del General Perón y permaneció leal, profetizando la vuelta del peronismo al poder, hecho que no pudo ver materializado por su muerte en 1972.

Hasta aquí una breve semblanza de la vida de Atilio García Mellid, que como tantos otros pensadores nacionales que hemos estudiado, tuvieron un derrotero que recorrer hasta llegar a incorporarse al campo  nacional. También como otros; tuvo sus obras de poesía, siendo esto casi una constante entre los nacionales, tal vez por aquello que decía José Antonio Primo de Rivera: “A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente  a la poesía que destruye, la poesía que promete!” (PRIMO DE RIVERA, José Antonio, Obras de José Antonio Primo de Rivera. Edición Cronológica,  Madrid, Almena, 1970, p. 69)

Efectuada esta introducción pasaré a continuación al  análisis de las obras y  el pensamiento mismo de García Mellid.

Habitualmente se considera que su primer obra histórica o política fue “Montoneras y caudillos en la Historia Argentina” que data del año 1946, pero según el ilustre maestro,  fallecido hace apenas un año, Fermín Chávez, existió anteriormente una obra de la que sólo haré mención por ser la misma inhallable, su nombre es “Firpo y la grandeza nacional” (ver: CHAVEZ, Fermín, Diccionario Histórico Argentino, Bs As, Fabro, 2005, p. 244).

Además de la obra mencionada existieron otros trabajos que actualmente son imposibles de conseguir por encontrase totalmente agotados y no haber sido reeditados. Para completar la obra bibliográfica los mencionaré pero en un acto de sinceridad intelectual debo confesar que jamás las tuve en mi poder, y por tanto, no las he leído. Se trata de: “Dimensión espiritual de la revolución argentina” (1948); “La crisis política contemporánea” (1953); “La constitución cristiana de los estados” (1955), publicada en Madrid, y “Explicación del comunismo”, del que ni siquiera se encuentran registros de su fecha de publicación.

Tenemos entonces que la primer obra propiamente dicha de carácter histórico fue “Montoneras y caudillos en la historia argentina”, editada primeramente en 1946, y luego reeditada por EUDEBA, a instancias de Arturo Jauretche en  1974. La repercusión de la obra puede imaginarse señalando que la misma fue  “Premio Municipal”, el mismo año de su aparición, y que la misma alcanzó tal trascendencia que cuando la Argentina sufrió el golpe militar de 1976 contra el gobierno democrático de Isabel Perón, los golpistas ordenaron secuestrar los ejemplares de la misma que aún circulaban. ¿Pero que era lo que decía este pequeño libro de apenas  118 páginas que provocaba tanto revuelo?

Pues la “obrita” verdaderamente se las trae. Porque ya de movida nomás, en  su introducción, en la página 17 el autor señala: “En la Argentina todo lo que cuenta y vale ha surgido del pueblo. La montonera es el símbolo de las ardientes aspiraciones populares; el caudillo es la personificación de los anhelos colectivos: su intérprete y sostén. Entre aquella y ésta queda configurada nuestra democracia: la democracia histórica argentina, en la que radica nuestra soberanía y se define nuestra peculiaridad” (Ibid, p. 17). Más adelante; en el  Capítulo 1, pág. 23,  García Mellid encuentra la clave de la dicotomía que padece la Argentina, y a partir de allí traza, como hemos dicho anteriormente las líneas históricas que le dan fundamento a cada modelo de construcción de país. Así el autor apunta: “La historia argentina, por lo tanto se bifurca en la lucha por la ley y en la lucha por la libertad. Los  <grupos ilustrados>, que son los que pujan por la primera, han constituido, en los diversos períodos el unitarismo, el progresismo, el unicato, el <régimen> y la oligarquía. El pueblo, adherido a la causa de la libertad, ha sido impugnado por tales círculos como gaucho, montonero, compadrito, chusma y descamisado. La realidad, que está por debajo de los calificativos, es que unos y otros representaron y representan: la legalidad frustránea y las libertades genuinas. En la  pugna de tales conceptos queda delimitada toda la historia política  argentina. En el  esquema simple, caben las luchas de los caudillos, las polémicas de los doctores, las controversias de los partidos  y todos los azares y fracasos de la organización institucional. Más que de dos criterios políticos, se trata de dos formas de sentir el país, de dos maneras de interpretar el destino de los argentinos...” Luego en la página 27, Mellid remata el concepto diciendo: “La ley y la libertad, tomadas en sentido dialéctico, se originaban en dos estratos igualmente antagónicos: la <ilustración> y la <barbarie>. De una y otra saldrían, consideradas en su desarrollo político, los <unitarios> y los <federales>, en cuyo origen –más que en las doctrinas- se nutrirían las discrepancias insalvables que habrían de caracterizarlos”. Atilio García Mellid ha dejado en estos breves párrafos claramente expuestos los motivos de las diferencias políticas argentinas,  de la antinomia permanente que persiste a lo largo de la historia.  Y la  clave no es otra que la lucha del país real contra el país formal o legal. Ya lo decía el Pepe Rosa cuando nos hablaba sobre la posible conciliación de opuestos, la valoración favorable o desfavorable que se haga de Rosas o Rivadavia, de federales o unitarios, dependerá primeramente de lo que se entienda por  “patria”. Porque dos concepciones antagónicas se enfrentaron desde los comienzos mismos de nuestra historia. “Dos concepciones de la argentinidad que naturalmente tendían a excluirse la una de la otra: para unos la patria nacía consubstanciada con el sistema político burgués y el patriotismo consistía en traer la <civilización> europea, por lo menos en su exterioridad más evidente, que era el régimen constitucional, y en su realidad económica que era el régimen capitalista [...] esto era llamado civilización [...] Pero para otros argentinos, para la inmensa mayoría de los argentinos, la patria era algo real y vivo, que no estaba en las formas,  ni en las cortes extranjeras ni en las mercaderías foráneas. Era una nacionalidad con sus modalidades propias, su manera de sentir y de pensar que le  daban individualidad. No estaba en los digestos legales sino en los hombres y las cosas de la tierra [...] Hubo una Argentina formal y una Argentina nacional: aquella se manifestó en la parte <principal y sana del vecindario>, y ésta en el pueblo todo sin distinción de clases”. (ROSA, José María, Estudios Revisionistas, Bs As, Sudestada, 1967, pp. 23 y 23).

Después de leer los conceptos de García Mellid y de José María Rosa queda totalmente claro cuál es el eje del enfrentamiento que divide a los argentinos. Y este hallazgo es uno de los méritos que tiene “Montoneras y caudillos”, y es precisamente uno de los motivos por lo que se convierte en un libro indigerible para los liberales, siempre ligados a la antipatria. Porque, lamentablemente para ellos, no vivimos en la Torre de Babel, aunque hoy pretendan darle un sentido "babélico” a las palabras, y por lo tanto “patria” tiene un único significado, que según el Diccionario de la Real Academia Española: “Proviene del latín que significa <tierra de los padres>; es el lugar, población o país donde se ha nacido.” Por consiguiente y como lo indica la etimología, la patria es, ante todo, un suelo, un territorio, pero no sólo eso, sino que como “tierra de los padres” se comprende que la patria es por esencia una tierra humana, una tierra mía y de mis compatriotas, que a su vez posee una herencia que es irrenunciable y que le da una identidad. Por lo expuesto, patriotas eran quienes habían defendido el suelo, el territorio, la soberanía, al pueblo, y no quienes dictaron leyes, instauraron instituciones o establecieron constituciones. Y esto lo dice claramente García Mellid. Y para colmo, establece con claridad quienes fueron los hombres que representaron a esa Patria genuina, y así lo decía: “El general Rosas fue un símbolo de las ingenuas pero ardientes aspiraciones de la muchedumbre que querían hacerse parte del destino nacional. Yrigoyen sopesó esa realidad social argentina y recuperó para el servicio de la patria a esas masas despreciadas por el oligarca, revalorizando en su vigorosa substancia autóctona al gaucho, al compadrito y la chusma, que ascendieron de nuevo a su condición de paisano, de ciudadano y de pueblo. El coronel Perón, por medio del manejo simple de las realidades vernáculas, captó la verdadera antinomia que recorre nuestra historia […] Por obra del coronel Perón se ha puesto en marcha una vez más la prístina levadura histórica argentina”. (GARCIA MELLID, Atilio, Montoneras y caudillos en la Historia Argentina, EUDEBA, Buenos Aires, 1974; cita en: FRENCH, Carlos Rubén, Semblanza de Atilio García Mellid, Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, N° 63, 2001-2002, p. 49).

“No trepidó el coronel Perón en afrontar su deber hasta el fondo. Su corazón generoso, su máscula pujanza, su orgullo de ser uno en el pueblo, le alentaron y sostuvieron. No le temió al calificativo de <bárbaro>, ni rehuyó la acusación de <montonero>. A quien anduvo tantos caminos, en la pampa y en las montañas nativas, y también en las tierras <gringas>, no podía escapársele que la montonera criolla es la medida de nuestra libertad. La montonera primitiva, desde el terrible año 20 hasta el 52, sostuvo e impuso el federalismo; la montonera radical, desde el 90 hasta el año 12, luchó y logró implantar el sistema político de su soberanía; la nueva montonera, que desde la muerte de Yrigoyen había quedado sin jefatura y destino, aspira a fundar una auténtica democracia social argentina”. (GARCIA MELLID, Atilio, Montoneras y caudillos en la Historia Argentina, Buenos Aires,  EUDEBA, 1974; p. 112).  Después de semejantes conceptos creo que está demás abundar en explicaciones de por qué el libro “Montoneras y caudillos en la historia argentina” fue retirado de circulación cuando los personeros de la antipatria, al servicio de la plutocracia internacional, derrocaron al gobierno de Isabel Perón en 1976.

En una síntesis de las ideas fuerza del libro analizado y con el riesgo de pecar de reduccionista, lo que les tiene que quedar claro son dos elementos que aparecen como distintivos del pensamiento de García Mellid y que reiteradamente se mencionan en la obra; estos son: la dicotomía  de la historia argentina, encarnada en el país formal y legalista, o en el país real. Y el otro aporte importantísimo, con el cual me identifico plenamente, como ya he dicho, es la construcción de una línea histórica nacional, en este caso, representada por Juan Manuel de Rosas, Yrigoyen y Perón.

La segunda obra que voy a analizar con Uds data del año 1950, publicada en Bs As, por la editorial Hechos e Ideas, y lleva el nombre de “Etapas de la Revolución Argentina”. Este libro fue el fruto de dos conferencias dictadas por García Mellid en la Embajada Argentina en Canadá cuando cumplía en aquél país tareas diplomáticas. En este pequeño libro, de apenas 61 páginas el autor señala con acierto que en la América Hispana, en materia de derecho “hemos tenido antes los Códigos, que la auténtica canalización de las costumbres [...] Es por esta causa que todo lo  que ha pretendido sostenerse como <normalidad constitucional>, como <orden legal>, ha sido habitualmente lo antinacional, lo que asfixiaba, destruía o impedía la auténtica manifestación de las libertades del pueblo”. (Ob. Cit., p. 11). En páginas posteriores teoriza que la historia argentina esta dada en cuatro etapas fundamentales, estas son: 1) La historicidad, 2) La institucionalidad, 3) La politicidad, 4) La integración. Cada una de estas etapas tuvo sus máximos representantes que la llevaron adelante, con lo cual, nuevamente García Mellid, marca una línea histórica con “mojones” que aportaron a la construcción de un proyecto nacional. A su entender, en la etapa de la lucha por la historicidad el papel central  lo tiene durante las invasiones inglesas el conjunto del pueblo de Bs As; y durante las luchas civiles, lo posee Don Juan Manuel de Rosas.  Respecto a las invasiones inglesas y el rol del pueblo durante las mismas, García Mellid ofrece lo que a mi entender es lo más interesante del libro. Y esto no es otra cosa que tomar las invasiones como clave para desentrañar toda nuestra historia, “porque en aquellos episodios se advierten los tres elementos que siguen actuando hasta nuestros días: el elemento conquistador, que considera a las tierras americanas como campo propicio para explotaciones y rapiña; las llamadas clases dirigentes, que sumisas a los dictados extraños, olvidan sus deberes para con el medio nativo y actúan como aliadas del invasor o del inversor extranjero; y el elemento popular [...] que lleva en la llama de su corazón todos los instintos defensivos de la libertad de la patria y de la dignidad que al hombre se le debe”. (Ob. cit. p. 12). Casualmente, o no tanto, mi maestro, el Profesor Jorge Sulé, sostiene que la llave de la bóveda para la interpretación de la historia desde una perspectiva revisionista consiste justamente en los elementos mencionados anteriormente en el libro de Mellid, sólo que con el agregado de que  el pueblo se defiende instintivamente con lo que tiene a mano y  se encolumna siempre detrás de sus líderes naturales, estos son los caudillos. Quién detecta estos elementos en los diversos sucesos de nuestra historia dice el Profesor Sulé, tiene abierta la comprensión a muchos sucesos de nuestro pasado que de otra manera serían de difícil o nulo entendimiento. De más está decir que coincido en un 100% con mi maestro.

Volviendo al análisis del libro que nos ocupa, no queda demasiado por decir, pues lo sustancioso del mismo acabamos de desmenuzarlo detalladamente.  En lo que a las otras etapas que señala el autor como parte de nuestra historia, sólo se puede decir que le atribuye la lucha por la institucionalidad a las masas federales que después de Caseros buscaban que el país se diera un ordenamiento constitucional. Opinión esta más que discutible, pero como ya se verá oportunamente, es siempre discutible el concepto que tiene el autor sobre los sucesos de Caseros, en particular, sobre el proceder de Urquiza. La lucha por la politicidad tuvo a criterio de nuestro biografiado, a Don Hipólito Yrigoyen; en tanto que la cuarta y última etapa, esta es, la de la integración, encargada de fusionar lo nacional con lo social, quedaba destinada al peronismo. Finalmente, en el capítulo II del libro, el autor hace una apología y una defensa de la gestión del gobierno de Perón hasta aquellos días. Muestra de ella es el párrafo que transcribimos por considerarlo de lo más sustancioso, además de insistir García Mellid, en las simetrías entre Perón y Rosas: “La reforma financiera aplicada por la Revolución Nacional Argentina, escapa a los moldes clásicos de la economía liberal o capitalista, sin inclinarse a los métodos preconizados por la economía totalitaria o estatal. Consiste en una solución intermedia, de fines sociales, inspirada en la realidad argentina y destinada a promover los remedios adecuados a la naturaleza de los fenómenos económicos actuantes en su seno [...] Pretender desconocer o retacear el significado de este grandioso episodio de nuestra recuperación económica, no es lícito ni patriótico, encuadrando a quienes en tan menguada posición se colocan, en la misma triste condición de aquellos argentinos que, cegados por el odio a Rosas, se unieron al extranjero para someter la patria y derrocar a su gobierno. La historia suele ofrecer estas analogías, tanto más posibles cuanto menor ha sido la condenación de los desafortunados predecesores”. (Ibid, pp. 37 y 41).

Nuevamente a modo de síntesis; creo que lo más rico que nos deja esta obra de  García Mellid, es el método de análisis histórico con esos tres elementos que polidialectizan entre sí y que los constituyen; como quedó dicho, el elemento conquistador que se proyecta sobre estas tierras y no precisamente con fines filantrópicos; las oligarquías vernáculas, siempre minoritarias pero muy poderosas, aliadas por intereses de clase con la metrópoli; y el elemento popular que con lo que encuentra resiste defensivamente los embates de quienes pretenden dominarlos, casi siempre, con un jefe o caudillo que los representa y se pone al frente de sus luchas.

Para analizar la tercera y cuarta obra, me voy a permitir una licencia y alteraré el orden cronológico que hasta el momento venía siguiendo, de modo de dejar para el final  la que considero la obra cumbre de García Mellid, me refiero a “Proceso al liberalismo argentino”.

Por lo tanto la obra que comentaré a continuación es una pieza historiográfica magnífica que le valió a García Mellid, ser condecorado por el Gobierno del Paraguay, en ese momento presidido por Stroessner; su nombre es “Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay” y fue publicada en 1964. Como dato de color debo agregar que recibió la misma condecoración, otro eminente representante del revisionismo histórico, como lo fue Don Pepe Rosa. La obra efectuada por el Dr. Rosa y los estrechos vínculos de amistad que supo cosechar en el país guaraní, le valieron cuando  asumió el tercer gobierno el General Perón, el puesto de Embajador en Paraguay. De “Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay” he seleccionado algunos pasajes que creo son de gran importancia por los entramados políticos que denuncia el autor y en los cuales estaban complicados algunos de los “próceres” del liberalismo. De este modo se refiere Mellid a Urquiza: Su posición era la de conquistar la alianza del Brasil, o la de integrar a Entre Ríos y Corrientes en una nacional separada, si aquel plan fracasara. Exponiendo este orden de ideas, le escribía al gobernador Pujol, de la provincia de Corrientes: <Por lo demás usted crea que he de ser el último nombre que desespere de la Confederación Argentina, obra ligada hoy a mi gloria y a mi nombre. Más cuando todos mis esfuerzos hayan fracasado y la nacionalidad que por tantos títulos debe sernos cara se disuelva, para no reunirse jamás, entonces me encontrará usted pronto para formar un cuerpo político, independiente, fuerte y compacto de las provincias de Entre Ríos y Corrientes>”. Este simple pasaje desnuda dramáticamente la traición en la que se hallaba envuelto el Sr. Urquiza, dispuesto a la secesión del territorio de la Confederación con tal de no ver perjudicados sus intereses personales. En otro tramo del mismo libro señala el autor que: “En 1857, Brasil envió al Río de la Plata la misión de Paranhos, la que despertó fundadas sospechas en todos los ambientes paraguayos. El cónsul en Buenos Aires, don Buenaventura   Decoud  le   escribió al presidente López, transmitiéndole las noticias alarmantes que le llegaban de Entre Ríos. Según las mismas, se evidenciaba que los brasileños y Urquiza estaban decididos a declararle la guerra al Paraguay, pues los preparativos que estaban haciendo eran idénticos a los que en su momento se habían organizado contra Rosas”. Los documentos prueban que el tema de la guerra contra el Paraguay estuvo presente en los debates, y que Urquiza patrocinó esa idea.

Otro párrafo estremecedor, y que quizá contenga una remota causalidad de lo que después fue el asesinato de Urquiza era el siguiente: “Los amigos de Urquiza, leales soldados del federalismo, se movían por principios ideales y estaban en el cauce auténtico de la nacionalidad, definida por sus tradiciones, su personalidad histórica y las esencias peculiares de su genio. Ellos advertían lo que tenían de nocivas las ideas liberales, que Mitre y sus adeptos trataban de imprimir sobre el alma nacional, comprendían que su deber los obligaba a expulsar ese cuerpo extraño, para que la Nación y el pueblo recuperaran el manejo pleno de su autonomía. Para esos hombres, puros e idealistas, el Paraguay era una parte inseparable de su territorio espiritual, los enemigos eran Mitre, el Imperio, el liberalismo, los porteños… Tal como el general Ricardo López Jordán se lo dijo a Urquiza, cuando éste ordenó la movilización de las caballerías entrerrianas para ir en apoyo del Brasil y contra el Paraguay. <Usted nos llama para combatir a Paraguay – le contestó –. Nunca, General; ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos a pelear a porteños y brasileños. Estamos prontos, esos son nuestros enemigos>”.


Llegaron las horas decisivas y Urquiza se inclinó con todo el peso de su gravitación y de sus medios hacia el partido de Brasil. Un hombre que estudió con seriedad y pasión la vida y conflictos de las naciones de la cuenca del Plata, el Mexicano Carlos Pereyra, expresó este juicio lapidario: “<Urquiza, el jefe entrerriano, después de traicionar la causa de su raza, traicionó la causa de sus corruptores, y en vez de peor por éstos, ya que no había peleado por los Paraguayos, esquilmó a los brasileños, haciéndose vivandero de la expedición>”.

La acusación contra el “libertador de Caseros” es categórica y no deja resquicios para la duda.  Porque, es necesario decirlo con todas las letras, Urquiza ya había perdido su alma frente al becerro de oro en Caseros, pagado por los brasileños, y de allí en más, sólo se dedicó a enriquecerse a costa de las vicisitudes políticas de los pueblos. Así fue como utilizó la Guerra del Paraguay para venderle caballada de su propiedad a las tropas brasileñas: “Lo que no trascendió en el momento de la operación, empezó a saberse poco después, cuando don Mariano Cabal, socio de Urquiza, iba haciendo entrega de las grandes partidas de caballos adquiridas por los brasileños. El cónsul, Rufo Caminos le escribía a Berges: <el rengo D. Mariano Cabal, socio que fue del general Urquiza en la compañía de vapores, ha contratado con los Macados entregarles 30.000 caballos a 13 patacones, cuyo negocio se asegura que lo hace con su antedicho socio>”. La opinión inglesa sobre tan deslucidas actitudes, fue expresada por Cuninghame Graham, en su libro terminado en Ardoch, en 1933, dice que Urquiza, “<el sátrapa de Entre Ríos, era el hombre del misterio de esta guerra>”, agregando más adelante: “<a través de toda la guerra, su actitud fue ambigua, pues por una parte recibía mensajes de López, y por otra escribía a Buenos Aires expresando que pronto tendría un ejército numeroso listo para entrar en campaña. Al fin no se inclinó por ninguno de los contendientes, pero obtuvo sus cifras enormes vendiendo ganado a los aliados>”. Frente a tanta traición, fue nuevamente el inmortal Hernández, autor del Martín Fierro quien dijo las palabras precisas y proféticas: “El general Urquiza vive aún, y el general Urquiza tiene también que pagar su cuota de sangre a la ferocidad unitaria, tiene también que caer bajo el puñal de los asesinos unitarios”. Pues no fueron los unitarios quienes le dieron muerte, pero esta lo alcanzó de todos modos, comprobando una vez más que quien mal anda, mal acaba.

 

Anteriormente había señalado que Mellid fue un militante activo del peronismo en la resistencia, no sólo con su pluma, sino también, actuando como correo del General Perón. De ésta época en el exilio y a modo de comentario final sobre el libro que acabo de comentar, citaré una carta que Perón le escribiera a nuestro biografiado: “Madrid, 7 de agosto de 1964, Sr Atilio García Mellid. Mi querido amigo: He recibido y leído su nuevo libro <Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay> y lo encuentro magnífico en todo sentido, pero especialmente extraordinario dentro del procesamiento de las oligarquías antinacionales que usted viene realizando con tanto talento como éxito. Usted sabe el cariño que yo tengo a ese pueblo digno de admiración, al que tengo el honor de pertenecer como ciudadano honorario, y considero que su libro abre un curso a la historia de nuestros países en los que los historiadores oligarcas hicieron de las suyas, falsificando la verdad e indignificando más los hechos que pretendieron explicar con sofismas que ni ellos mismos creyeron. Los paraguayos y los buenos argentinos lo han de haber recibido con verdadero alborozo, porque pone las cosas en el lugar del cual no debieron haber salido nunca, si como mantenemos la verdadera historia es verdad y es justicia, aún cuando no agrade a muchos de los que están ligados a los que la protagonizaron. Es indudable que <La Nación> ha de haber puesto el grito en el cielo, pero ahí están los hechos que valen mucho más de cuanto se pueda alambricar con subjetividades deformantes [...] Usted comprenderá así la inmensa satisfacción con que he leído su libro, que me decido ahora a releerlo para estudiarlo más concienzudamente, porque su contenido tan documentado y circunstanciado, no puede penetrarse en plenitud sin un profundo análisis. Muchas gracias por todo. Un gran abrazo. Juan Perón”. (PERON, Juan Domingo, Correspondencia II, Bs As, Corregidor, 1983, pp. 64 y 65).

La cuarta obra que comentaré, corresponde al año 1967, y su nombre es “Revolución nacional o comunismo”. Si al comenzar la conferencia señale que García Mellid fue un pensador polémico, este libro constituye a mi entender, el que más polvareda levanta. Por empezar hay que decir que no se trata de un libro de historia sino que es una obra eminentemente política. En la misma el autor hace un análisis de la doctrina marxista y las distintas mutaciones que fue sufriendo hasta llegar a su intento de mimetización con lo nacional, tratando de infiltrarse en los movimientos nacionales  y cómo, en definitiva  esto constituye la prueba de la derrota del comunismo. Analiza; desde la infiltración en la Iglesia, a través de la “Teología de la liberación”; hasta la creación en Europa de las democracias cristianas plagadas de marxismo lavado; pasando por el fenómeno del panarabismo y panafricanismo; y el intento de la llamada “izquierda nacional” por copar el peronismo. De esta obra citaré sólo algunos de los párrafos más “jugosos” como para que todos uds se queden pensando y reflexionando sobre las ideas vertidas. Decía Mellid sobre el materialismo: “Las teorías que se asientan sobre la realidad existencial de los valores utilitarios, sin profundizar las corrientes soterráneas en que se generan  los valores  idealistas del ser, pasarán, junto con la ola de hedonismo que las provoca, sin dejar huella en las hondas vivencias de la historia. Este es el destino próximo del capitalismo y de su progenitor, el liberalismo económico; también lo es el de las perversas alienaciones del intelecto, llamadas socialismo, marxismo, comunismo, sovietismo o chinoísmo. El devenir histórico no puede construirse sobre la fragilidad de esquemas unilaterales ni de extraviadas interpretaciones”. (GARCIA MELLID, Atilio, Revolución nacional o comunismo, Bs As, Theoría, 1967, p. 12). Acerca del marxismo apuntaba: “El fracaso del materialismo histórico resultaba claro, todavía en vida de Engels. Muerto Marx en 1833, Engels empezó a descubrir muchas de las insuficiencias y errores que la doctrina contenía [...] Engels se creyó obligado a declarar <Cuando falseando nuestra doctrina se nos hace decir que el factor económico es el único decisivo, se nos atribuye una opinión absurda y abstracta> [...]” Marcando lúcidamente las diferencias entre el “Tercer Mundo” y la Tercera Posición de  Perón, García Mellid distinguía: “Congelados los bloques en pugna –el capitalista y el comunista-, rápidamente comprendió el marxismo que su mayor capacidad de maniobra le permitiría aprovechar en su beneficio la indefinición e ingenuidad de los llamados <países no alineados> [...] Todo consistía en alentar una supuesta política no comprometida, infiltrando en los cuadros vagas promesas de emancipación, consistentes en el <anticolonialismo>, el <nacionalismo tribal>, la <democracia de color>, y el <realismo socialista> [...] Esta no era por cierto la tercera posición que un presidente argentino –el General Juan Perón- propició en 1947. Su sentido coherente estaba dado por los valores espirituales –católicos, latinos, hispánicos- que la inspiraban. Su radical oposición a los dos imperialismos en conflicto surgía naturalmente de sus propios enunciados. La proposición, lanzada el 6 de julio de 1947, abogaba por <el abandono de ideologías antagónicas y la creación de una conciencia mundial de que el hombre está sobre los sistemas y las ideologías, no siendo por ello aceptable que se destruya la humanidad en holocausto de hegemonías de derecha o de izquierda>” (Ibid, p. 73). La pluma aguda y crítica también cayó sobre la democracia cristiana de la que nuestro autor opinaba: “Una de las grandes paradojas de ese mundo que dice defender la civilización occidental y cristiana, es que donde actúan partidos que se califican de <cristianos> es donde los comunistas logran, por vía indirecta, sus mejores victorias. En efecto; si bien los elementos comunistas no han logrado conquistar el poder, influyen de manera importante en las decisiones del gobierno, mediante la infiltración de su ideología en grupos internos de las llamadas <democracias cristianas>” (Ibid, p. 125). Para agregarle un toque de buen humor a esta exposición, me permito recordar la opinión que tenía Perón sobre la “democracia cristiana”. Sobre ellos decía que eran “pececitos colorados que nadaban en agua bendita...” Retomando el análisis, no quedó afuera de la crítica cierto sector del nacionalismo: “Más  beneficia al marxismo el enfrentamiento de los reaccionarios, que sus  propios méritos, que no son sino producto de dolorosos espejismos. La primera exigencia del anticomunismo, en función de la dinámica histórica del tiempo a que pertenecemos, es la de ser profundamente social [...] El anticomunismo, como que sucede al anticapitalismo deber ser otra cosa. Asumido su carácter de revolución, está obligado a sostener modificaciones estructurales revolucionarias. Para serlo, no hay otro camino que el de servir al bien común, que es el bien del pueblo. Sin la presencia activa del pueblo, no puede haber política, ni sociedad, ni Estado [...] Hoy se considera que la democracia debe dirigir el proceso económico y resolver el problema social. El nacionalismo no puede mantenerse ajeno a este curso inexorable de la historia. La  fórmula de un <nacionalismo> que para frenar el progreso económico y social, busca la solución política del despotismo, es tan anacrónica como aquellos partidos conservadores de cuya entraña ideológica saliera [...] No puede haber nacionalismo que no se sienta fuertemente inclinado a la vida social. Puesto que la Nación y el pueblo constituyen los elementos primordiales para cuya realización plena funciona el nacionalismo, no puede concebirse que se abandonen los dos instrumentos que configuran sus derechos inalienables: el de la soberanía de la Nación y el de la justicia para el pueblo [...] Quienes intentan usar la religión como dique para detener el justo avance de los derechos sociales, no pueden decirse nacionalistas, ni escapan a la condenación del Santo Padre. Una nueva conciencia, una filosofía más virtuosa y una sensibilidad social más afinada, caracterizan a los modernos nacionalismos. Muy lejos quedaron aquellos movimientos como el de Charles Maurras que identificaba la monarquía con los privilegios de las llamadas “clases superiores”. (Ibid, pp. 229, 231, 241, 243, 244). Para terminar, Mellid analizaba el intento del marxismo de infiltrarse en el peronismo y proféticamente decía: “Quienes en nombre de una interpretación materialista de las luchas sociales, aspiran a captar al elemento peronista, ignoran que uno de los principios enunciados al iniciarse ese movimiento, aclaró que <nuestra política social tiende ante todo a cambiar la concepción materialista de la vida en una exaltación de los valores espirituales>. Lo que entonces se puso en marcha fue una revolución nacional, sin el menor contenido marxista [...] En cuanto al movimiento sindical, se consideraba natural que actuara en función de ideologías extrañas y destructoras [...] Desfilaban con la bandera roja y cantaban la Internacional. La nueva política logró el milagro de  nacionalizar a los obreros, poner los Sindicatos al servicio de una causa argentina y hacer que la emoción de los trabajadores se centrara en los símbolos de  la patria y de las auténticas tradiciones de nuestra historia [...] La llamada <izquierda nacional> pretende saltar sobre el ancho campo de sentimientos y convicciones en que esas multitudes se formaron; pero no hacen sino dar un salto en el vacío. Podrán ganar prosélitos entre  las juventudes universitarias [...] Prosperarán acaso ente ciertos alienados de la intelligentzia [...] Es probable que ganen la adhesión de las oligarquías liberales, que también carecen de ataduras éticas y practican la filosofía del materialismo. Pero las masas obreras, que en su inmensa mayoría asimilaron y conservan la doctrina del peronismo, no podrán  conciliarse jamás con banderas que derrotaron por retrógadas, ni abdicarán de los emblemas en que adquirieron esa dignidad de vida y ese decoro personal que les niega el comunismo”. (Ibid, pp. 286-289).

Atilio García Mellid, como quedó dicho con anterioridad debió exiliarse en el Uruguay por su militancia peronista. Fue allí que escribió en 1957 su obra más difundida: “Proceso al Liberalismo Argentino”’, que dedicó “Al Pueblo de mi Patria” caracterizándolo como “el protagonista  auténtico de nuestra historia, porque los doctores liberales lo escarnecieron y menospreciaron, cargándole sus crímenes y apoderándose de sus glorias”.

Se vivían momentos de dramática crisis política por la proscripción del peronismo y la derogación por proclama militar (emitida por el gobierno de facto) de la Constitución de 1949. Y García Mellid atacaba esa arbitrariedad hablando del “fetichismo constitucional de los liberales”: “Son los monjes que custodian el templo de los falsos ídolos. Ninguno tan reverenciado como el de la Constitución (de 1853). ¡Ah! cuando un liberal habla de la Constitución parece que se desmaya; pone cara angelical, suspira con el vientre (que es la forma reverencial con que suspiran los liberales) y se abandona a los más dulces deliquios doctrinarios”. Por eso les contestaba con claros conceptos de Juan Manuel de Rosas: “Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto de una Constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica sino en el  gabinete de los doctrinarios. Si tal  Constitución  no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno”.

No conforme con estas observaciones, todo su libro constituye un alegato donde se acusa al liberalismo y a su procerato, con Rivadavia, Sarmiento, Mitre y Echeverría a la cabeza de haber traicionado a la Patria, ligando los intereses de las clases dominantes al imperialismo, en detrimento del pueblo y de la soberanía de la Nación. La obra de García Mellid denunció que ya en los albores de  la nacionalidad aparecieron los gérmenes de un plan disolutorio: “correspondió a Rivadavia y sus satélites dar poderoso impulso a esa construcción teórica y advenediza que todavía hoy perturba la vida argentina”, decía. “El Libertador, general don José de San Martín, tuvo la genialidad de descubrirlo y denunciarlo”.

Atilio García Mellid luchó denodadamente para invertir esa imagen de “pueblo bárbaro e inculto” y  “caudillos tiranos y sanguinarios” que la historia liberal se empeñó en instalar,

exaltando por el contrario, la participación del Pueblo y sus caudillos como artífices de la historia y paladines de nuestra nacionalidad. Se constituyó, al decir de Norberto D Atri, en una de las “principales expresiones del revisionismo histórico” (D Atri, Norberto, El Revisionismo histórico. Su historiografía, en: Jauretche, Arturo, Política Nacional y Revisionismo Histórico, Peña Lillo, Buenos Aires, 1959, p. 67).

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