Prólogo al libro “Soledad de Mis Pesares” de J. L. Muñoz Azpiri

panchopestanhaEn el marco de un reciente encuentro realizado en la Asociación Bancaria, Enrique Oliva señaló enfáticamente la significativa ausencia en los programas de estudio de referencias a nuestros históricos derechos sobre las Islas Malvinas y demás archipiélagos del Atlántico Sur.

Este fenómeno no resulta casual, ni responde (como suele proclamar algún gurú de la psicología social), a las consecuencias traumáticas de la derrota. Muy por el contrario, el proceso de desmalvinización en la educación es una derivación directa y necesaria de un tipo determinado de relaciones de poder que se manifiestan ancestralmente en la humanidad, que dan cuenta de un pretérito fenómeno colonial, y que –además-, gravitan indubitablemente en la formación de las conciencias de las elits de aquellas naciones sujetas a tal impronta.

Debo reconocer que tal afirmación puede resultar un tanto “expuesta”, en momentos en que una mentalidad de tipo escolástica sigue anegando nuestros ámbitos académicos y mediáticos, y que como otrora, suele desconocer o minusvalidar formulaciones que se originan en tales presupuestos. Ello encuentra especial agravante en nuestros días, ya que como lucidamente señala Muñoz Azpiri en el texto que hoy me toca prologar, el “...discurso teórico de muchos estudiosos o funcionarios políticos argentinos y extranjeros, insiste (actualmente) en la necesidad de flexibilizar ciertos principios en aras de la defensa de los valores globales…fundamentando (así) la legitimidad de los postulados intervencionistas en el accionar ahora colectivo – principalmente a través de los organismos multilaterales de carácter mundial o regional – al que se estima correlato político de la globalización económica en curso”, y además, por que “Las teorías que –como las del llamado realismo periférico – postulan que las estrategias de la política exterior de los países periféricos deben adaptarse a la estructuración jerárquica del actual orden mundial como seguidoras de las naciones líderes, consideran asimismo que el derecho de intervención ocupa un sitio natural entre las normas del nuevo orden jurídico internacional”.

Pero aún a riesgo de potenciales recriminaciones, una vez más bien vale reflexionar desde aquellos presupuestos que sostienen la vigencia de la impronta colonial, para concluir que la actitud de una parte sustancial de nuestras clases ilustradas es conteste y funcional a una estrategia desmalvinizadora, que nítidamente contribuye al menoscabo colectivo a partir de la desnacionalización de las conciencias. 

El carácter escolástico de tal mentalidad ha sido brillantemente definido hace un tiempo por Alberto Methol Ferre, quien proclamó que en el orden de las ideologías, la intelligentzia uruguaya vivía “...en una sucesión de modas escolásticas...”, donde lo escolástico representaba una categoría histórica que daba cuenta “... de la cualidad del trasplante, en el espacio y tiempo, de ideas pensadas de una circunstancia en otra circunstancia...”. De esta forma el lúcido oriental denunciaba la alineación ideológica de vastos sectores de la intelectualidad de su país respecto al imperio dominante en la época, y además, el desajuste entre ideología y realidad que se operaba a partir de este fenómeno.

El fenómeno descripto puede perfectamente aplicarse a lo acontecido en nuestra patria.  Cuando en el año 1970 Althusser publicó en París el folleto Ideología y aparatos ideológicos del Estado, señalando el rol que desempeñan ciertas instituciones en la producción de elementos ideológicos que sostienen determinado status quo, probablemente desconocía que en estas lejanas y bárbaras tierras del sur, un criollo de pura cepa (y trece años antes) ya los había descripto meticulosamente en los Profetas del Odio. A partir de esa esclarecedora obra, don Arturo Jauretche, consagró una parte sustancial de su existencia a abordar tan particular y significativo fenómeno que presupone, entre otras derivaciones, aquella tendencia (funcional al coloniaje) que impulsa a los sectores letrados a encandilarse con los contenidos y metodologías provenientes del mundo erudito y desarrollado, a reproducir sus modas conceptuales, y en tanto, a reflexionar sobre las cuestiones del país a partir de ellas.

Esa intelectualidad funcional a la que Althusser asignó el mote de orgánica, y que según él contribuía a sostener los intereses de clase, ha asumido históricamente en la Argentina una actitud que promueve una descarada exaltación de lo exógeno y un menoscabo expreso o tácito toda formulación endógena, habiéndose beneficiado durante décadas con tal mecanismo, ya que su actitud entraña un acoplamiento amigable con las estructuras de producción de sentido que emergen del “mundo civilizado”,  y les ha permitido favorecerse con los réditos que dichas estructuras promueven a partir de publicaciones, simposios, conferencias, congresos, obteniendo además de cierto prestigio y reconocimiento. El mundo académico de nuestros lares se ha formado lamentablemente bajo tal impronta, donde un falaz iluminismo, un anacrónico universalismo, un abstruso materialismo y un resbaladizo narcisismo intelectivo, reinan en las tendencias formativas e impiden desarrollar como enseñaba Fermín Chávez una verdadera epistemología de la periferia.

Las razones por las cuales se consolidó este tipo de mentalidad son variadas y complejas. Enunciarlas y desarrollarlas excedería con creces el espacio de éste prólogo, y además, ya han sido descriptas con suficiente profundidad, entre otros, por el mismo Jauretche  y por Juan José Hernández Arregui. Sólo resta consignar aquí que la historia universal nos enseña que toda estrategia colonial requiere de elits funcionales, y el primer “recurso” en el que debe concentrarse toda política de  avasallamiento que pretenda ser eficaz, es la conciencia de aquellos sectores que tienen incidencia en las decisiones estratégicas.

Una de las cuestiones a partir de las cuales puede demostrarse el funcionamiento de este tipo de mecanismos, es aquella que nos vincula a la disposición de recursos orientados hacia la investigación teórica de los fenómenos y de los factores cohesivos. Mientras la “cuestión nacional” y todos los tópicos a ella vinculados en muchos países autodenominados centrales resultan aún en la actualidad presupuestos científicamente relevantes, en nuestras academias los conceptos como nación, nacionalismo, telurismo, tradición o nativismo, suelen ser despreciados por reaccionarios, anacrónicos, o anticuados, y -en general- no existen líneas de financiamiento para investigaciones que aborden tal cúmulo de fenómenos sociológicos de potencialidad cohesiva. Salvo algunos recursos destinados hacia investigaciones históricas de tipo retrospectivo para abordar críticamente la formación del nacionalismo argentino, las otras brillan por su ausencia. En cambio, pululan las investigaciones de orientación clasista, genérica, sectorial, etc.

Esta atrofia conceptual de las últimas décadas se ve potenciada, como bien señala Azpiri, por la idea (zoncera según Jauretche) de una  globalización que no es mas que la mundialización del capitalismo, y que “...esta gobernada no por culturas ilustradas de los países centrales, como antaño, sino por la cultura de masas y por la publicidad, y presenta al american way of life como su mas acabado modelo , y en tanto se trata de eso, de medios no de mensajes, de un pensamiento único que marcha contra las conquistas éticas de la humanidad y carece de nivel critico, al igual que la cultura de masas de la que se vale para imponerse, la que no es mas que la cultura que propone la empresa a la comunidad, o lo que le resta de ésta a través de la publicidad”.

Ejemplo de las afirmaciones precedentes resulta el derrotero académico seguido en nuestras universidades por las formulaciones teóricas tan relevantes como la del mexicano José Vasconcelos o del compatriota Scalabrini Ortiz, quienes en su tiempo, sugirieron la exigencia de desarrollar teóricamente una concepción multígena e integradora del nacionalismo iberoamericano en contraposición al totalizador, homogeneizante y excluyente del europeo del siglo pasado. Ni las obras de Scalabrini  ni de Vasconcelos, ni la de otros tantos malditos, merecen en nuestro país el reconocimiento necesario para constituirse en objeto de estudio ni de actualización, como tampoco, de otros autores que abordaron desde diferentes perspectivas la cuestión nacional.

Esta actitud - a tiempo vista - resulta insostenible ya que concentra la producción científica social en un perímetro determinado, cuando es harto sabido que los ámbitos académicos están circundados también por relaciones de poder, y -en tanto-, determinados por las estructuras de producción de sentido que así como incluyen sus consonancias, excluyen todo conato de producción alternativa.

Para quien les escribe no cabe duda: existe en nuestro país una ciencia social universitaria primordialmente exegética, y otra, extraacadémica que emerge por fuera de las instituciones y reclama una inclusión definitiva, aunque cabe reconocer que en estos últimos tiempos, algunos de sus mentores han sido incorporados tangencialmente a los programas (tal vez no por voluntad ni  convicción de los académicos, sino por la propia fuerza de la realidad histórica).

El proceso de desnacionalización de las conciencias fue y debe ser objeto de estudio del pensamiento nacional, y en tanto un fenómeno de desmalvinización que de manera alguna se circunscribe al acontecimiento del 2 de abril de 1982, sino que se extiende a la historia misma del archipiélago y a las distintas fases de reivindicación desde su apropiación ilegítima por parte del imperio Británico.

En tal sentido, a efectos de referir sucintamente la lógica argumentativa sobre la que se asientan estas y otras reflexiones como la de Muñoz Azpiri que en forma coincidente insisten en que la relación entre tradición y modernidad debe seguir siendo mas importante que la especulaciones entre modernidad y post modernidad, ya que es a esta a la que hay que oponer un modelo alternativo que implique una apuesta esperanzada al futuro”, haré breve referencia a las sugestivas coincidencias existentes entre la estrategia colonial, en este caso británica, y la mentalidad escolástica de nuestras clases ilustradas que sostienen en lo interno la estrategia desmalvinizadora                                                    .  
.            Para la política colonial británica en Malvinas la reivindicación de nuestros legítimos derechos representa en primer lugar una acción desafiante e inadmisible en tanto acometida contra sus intereses imperiales. Además, presupone un alto riesgo por encerrar  un potencial que puede ser puntapié inicial de un proceso de formación de una conciencia propia alrededor del reclamo. Para la intelligentzia vernácula funcional a tales intereses,  la vindicación malvinera encarna un anacronismo bárbaro contra el mundo “civilizado”, y una resistencia trivial y tribal que debe ser neutralizada. Tal, la posición por ejemplo de Juan José Sebrelli que Muñoz Azpiri cita adecuadamente en esta obra. Para esta mentalidad la gesta histórica  importa una acometida contra sus intereses, ya que los mismos se encuentran íntimamente anudados a los centros de producción de sentido (el afuera) que desnaturalizan y minusvalidan la cuestión nacional.

Por último, la causa Malvinas, constituye un riesgo para su estabilidad de elite, ya que el potencial que presupone en términos de formación de conciencia es contrario al sostenimiento del sentido pseudo universalista que proclaman y sobre el cual sustentan sus formulaciones.   .

Contra estas sugestivas coincidencias hay que presentar verdadera batalla, y en ese sentido, el texto que hoy me honra prologar, constituye una vital referencia y una valiosa herramienta para nacionalizar conciencias.

Escrito en una sugerente y provocativa prosa, Soledad de mis pesares (crónica de un despojo) nos desafía a transitar ágil pero profundamente por la historia de nuestras Malvinas, conectándonos a la vez con procesos y fenómenos de notoria actualidad. El enfrentamiento entre potencias, el heroísmo y la defección, se entremezclan con un mensaje ecológico que constituye otra de las obsesiones del autor, y además con relatos y testimonios (algunos de carácter ciertamente inédito),  que enriquecen la lectura y aportan conocimiento concreto sobre la cuestión en análisis.

La causa de Malvinas, he dicho reiteradas veces,  tiene una potencialidad incalculable desde el punto de vista educativo. Si actuamos con inteligencia y sentido estratégico, puede resultar  una de las herramientas formativas más importantes para la renacionalización de las conciencias. Pero para ello, hay que sacar de foco lacrimógenas lamentaciones como la de “Iluminados por el fuego”, o  los “Chicos de la guerra”, y  la victimización de los combatientes que tanto daño ha generado.

En ciertos cenáculos progresistas, y en otros vinculados a una izquierda que a esta altura adquiere ribetes circenses (y que palabras de John Holloway padece una enfermedad que la lleva sistemáticamente a “quejarse y deprimir”), es práctica común fomentar la victimización. Entre los sujetos victimizados por dichos sectores en los últimos años encontramos a los “chicos de Malvinas”. La calidad de víctima suele despertar en otros individuos un lógico sentimiento de compasión, y como discurso sustentado en la denuncia de una condición de opresión, es propicio a obtener múltiples adhesiones. Recientemente hemos asistido a una verdadera industria integrada por organizaciones no gubernamentales, grupos de estudio, organizaciones de defensa genérica, etc., que bajo la estrategia de la victimización han construido lo que suele denominarse el discurso “políticamente correcto”.

Apelando a una arenga que refiere a la racionalidad, al pluralismo y al humanismo, este discurso concibe a la historia de la humanidad como el producto de un sinnúmero de conspiraciones como por ejemplo la del machismo, que el feminismo radical suele presentar como el producto de una antigua conspiración masculina que coloca a todos los padres y esposos de la historia aceptando “... perpetuar la injusticia hacia sus esposas y hacia sus hijas...”, y así, “nuestras madres y abuelas fueron unas inútiles, seres incapaces de pensar por sí mismas y que se dejaron subyugar y supeditar por sus esposos, o sea nuestros padres y abuelos”. (Alberto Acereda “La radicalización del Feminismo”.)                                            .

Ríos de tinta han corrido respecto a la calidad de victimas de nuestros combatientes. Pero ¿qué conocemos realmente de las expectativas de quienes protagonizaron el conflicto en nuestras Malvinas y son victimizados? ¿Comparten ellos tal mirada? ¿Es la victimización la mejor respuesta social al problema?


A esta altura de las circunstancias, estoy en condiciones de sostener que la gran mayoría de ellos no comparten la estrategia de victimización. El documental Locos por la Bandera dirigido por Julio Cardozo, y la muestra “Islas de la Memoria”, impulsada por la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur, constituyen serias tentativas para neutralizar la estrategia victimizante.



Reducir a nuestros combatientes al papel de pobres víctimas y someterlos al suplicio permanente es un mecanismo que en vez de incorporarlos al panteón de la historia los coloca en lA cripta del olvido. Pero lo que es más grave menoscaba a nuestra Nación toda, ya que una comunidad que no rescata a sus héroes, mal puede transitar con dignidad los senderos de su propio futuro.  Como enseña Muñoz Azpiri en el texto “Malvinas fue el último de los “grandes relatos”, al decir de Lyotard, del inconsciente colectivo argentino. Según este pastiche contemporáneo denominado posmodernismo, que tiene tantas denominaciones como autores que lo declaman, han cesado las grandes confrontaciones ideológicas e intelectuales. Vivimos en un limbo donde el conflicto no existe, pues todo es relativo, toda confrontación banal y toda defensa de principios inútil.

Bienvenido entonces el presente texto de “Pepe”, que anhelo contribuya a ilustrar a las nuevas generaciones sobre un tópico que desgraciadamente, ha caído bajo el manto de la hipocresía, y que corre serio riesgo (como la gloria de Obligado), de hundirse en los laberintos del olvido.

 

 


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