¿Siempre nos mintieron?

Félix Luna y Luis Alberto Romero, los argentinos y la historia best-seller

He leído (porque alguien me lo pasó fotocopiado, ya que no soy lector de Criterio) un artículo que transcribe una conferencia de Félix Luna y Luis Alberto Romero el 16 de agosto pasado.

No hubiese ido a la conferencia por Romero, ya que me lo impedían mis prejuicios ancestrales, tal vez sensibilizados porque la conferencia de marras se dictó en el Centro Cultural Borges. No estoy orgulloso de esa falta de objetividad, que los conferenciantes estiman necesaria para ser historiador. Por eso no me digo historiador sino sólo divulgador de lo poco que sé, que por otro lado lo sé por herencia, y el saber por herencia, como el ser rico por esa vía, no es mérito y los herederos nunca llegaremos a ser como los que construyeron la fortuna (salvo casos excepcionales, que actúan para que la incompresible frase de “la excepción que confirma la regla” funcione). Pero me sorprendió lo dicho por Félix Luna. Lo creía más objetivo.

 

Don Félix hizo y hace una gran labor desde su magnífica revista Todo es Historia. Todo el que tuviese algo que aportar a la historia tiene cabida en sus páginas, sin importar de que corriente proviene o cual es su segunda intención.

En su conferencia Luna arremete contra lo que él llama “complotismo”, que es la pretensión paranoica que algunos tienen de ver todo como una inmensa y perfecta conspiración de “los malos”, y atribuye al revisionismo el facilismo de poner siempre a “los malos” en el exterior (ingleses, brasileros y hasta uruguayos). Luna se siente molesto con el nacionalismo, óptica desde la que autores principalmente revisionistas miran la historia.

¿Cuál es su ventana, don Félix? Si me dice que la del radicalismo, fracción a la que alguna vez lo he visto adherir e incluso confesar pertenencia, recuerde que su bandera es colorada (en recuerdo el rojo punzó de antaño) y blanca (por el gran partido criollo de los orientales). Al menos ese fue el “contrabando ideológico” de Leandro Alem, que le cupo actuar en una época en que la historia “ya había dado su veredicto inapelable”.

Ése era el concepto de su época. Ya se habían dictado el anatema contra Rosas y los “rosines”. Quien se atreviese a quebrarlo podía despedirse de todo reparto oficial; y ésas eran épocas donde las leguas de tierra quitadas a indios y gauchos se concedían graciosamente (¿vendrá de allí el nombrar a las oficinas públicas como “repartición”?).
Y no sólo eso: se corría el riesgo de una muerte civil, si se era de la clase acomodada o una muerte real, un “cantar p’al carnero”, si se era pobre sin suerte. Los pobres con suerte, como Martín Fierro, eran mandados a la frontera a matarse mutuamente con los indios.

¿Que eso es complotismo? Sí que lo es, pero no son los investigadores de la historia los que quieren complotarse. Son los mismos actores de ella, especialmente los que triunfaron luego de Pavón, que tienen cola de paja y no admiten ninguna revisión.
¿Por qué? La razón de esta tergiversación es simple y cristalina. Querían un país hecho a la medida de su ideología, y el país real, con sus virtudes y defectos no se ajustaba a su molde. Quisieron un país que privilegie las instituciones “cultas” o es decir las instituciones hechas en Europa o en Norteamérica, sin detenerse a pensar que esas instituciones eran el desarrollo de lo que Europa o Norteamérica eran y querían ser, o es decir eran instituciones con piso.

El tema confeso de la conferencia es una crítica a la liviandad con que se toman los temas históricos. Romero cita a cierto autor muy vendido y televisado, (¿no será envidia?) y encuentra que ya no se discute la historia con V. F. López o con Mitre, ahora se polemiza con el Billiken. Para ejemplificar esto, toma la aseveración de este exitoso historiador que nos cuenta que en las invasiones inglesas no se tiraba aceite -por ser muy cara- sino... ¡agua hirviendo!

Confieso que yo también hice una crítica similar en su oportunidad, pero elogiando al autor por hacer pensar a su joven audiencia, señalando como incongruente la leyenda lo del aceite por su precio. Decía yo en mi crítica que era bueno hacer pensar, pero era nefasto proponer una hipótesis de reemplazo no suficientemente pensada. ¿Agua hirviendo arrojadas desde las azoteas de esas casas de techos de 5 metros en agosto? ¿Qué queríamos? ¿Bañar a los ingleses con agua que llegaría apenas tibia? Esto que yo pensé lo debieron haber pensado más de la mitad de los jóvenes teleespectadores. Y descartando el disparate, descartaban por arrastre todo lo demás. ¿No se le ocurrió a ese historiador-detective pensar un poquito más? ¿No sería grasa hirviendo, ya que la grasa era prácticamente gratis?

Así se ve como las cosas dichas con un propósito (enseñar a deducir) se vuelven en contra. Lo mismo pasa con la conferencia de Romero y Luna: comienzan atacando esa liviandad exitista y taquillera de la historia pero el verdadero propósito es denostar al revisionismo. Clasifica al revisionismo como una “excrecencia” (¡que mal suena!), pero la verdadera excrecencia es la historia sacralizada. Es una excrecencia con el agravante que es fósil.

Los Alberdis, Mitres y Sarmientos creyeron que su deber era transformar esta tierra “inculta” -carente de lo que ellos consideraban civilización- y hacer que sus habitantes se olviden de su herencia y sus tradiciones, o cambiar directamente a la gente por inmigrantes cultos y civilizados, eligiendo para eso “las razas viriles del norte de Europa. O es decir, tomaban el país como un sitio, como una estancia cuyos propietarios eran -naturalmente- ellos, los cultos y civilizados, y si los peones no servían a sus propósitos se los cambiaba por otros. Para el propósito civilizador, debía haber una historia de progresos, que privilegiara lo utilitario a lo épico. Había que conjurar las previsibles futuras rebeldías.

Algo así debieron pensar los milicos del Proceso, cuando entregaban los hijos de sus prisioneros a otras familias “para evitar que crecieran con resentimientos”. ¡Qué ingenuos! Debieron -ya que antes citamos lo del “anatema”- usar el anatema como lo hacían los israelitas en tiempos del regreso a la tierra prometida. No sólo quemar los ídolos (O esconder al cadáver de Evita), sino matar a todos; hombres mujeres y niños y también casas, ropas y enseres. Tal vez ese sea el único método de borrar la memoria. (El decreto libertador 4161 que prohibía palabras e imágenes, canciones y frases omitió prohibir pensamientos).

Que los próceres (y llamo próceres a los que tienen calles y gozan de eterna alabanza no solo en el Billiken sino en las aulas y libros escolares) pensaron cambiar el contenido del país para que funcione su idea de perfección es confesión de Alberdi (el númen de nuestra constitución, no el “arrepentido” posterior). Alberdi decía en sus Bases: “Hemos de componer la población para el sistema de gobierno, no el sistema de gobierno para la población... necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces para la libertad”. Y Sarmiento advertido en sus sinceros -y hoy olvidados con prudencia- Comentarios a la Constitución: “Son las clases educadas las que necesitan una Constitución que asegure sus libertades de acción y de pensamiento. Una Constitución no es para todos los hombres: la Constitución de las clases populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad”. Por supuesto que esta clase social se consideraba el país mismo. Nada serio existía fuera de ella. Volvamos a oír a Sarmiento: “Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes, patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara (diputados y senadores) ni gauchos, ni negros, ni pobres...” (Discurso ante el Congreso, de 1866).

¿Entonces para quién dibujaban el país? ¿Para las clases educadas? ¡Por supuesto!, y también para las empresas que vendrían a fertilizar al país y a consolidar la posición gerencial de las clases educadas. Pero -olvidado detalle- estas empresas de ferrocarriles y servicios no venían para desarrollar nuestro país, venían a hacerlo funcional a los propósitos imperiales del peor imperialismo, que es el de los negocios. No nos tocaba “ser fuertes”, nos correspondía solo “ser útiles”.
No interesaba tener un polo de desarrollo y competencia en estas pampas. No lo permitiría “la división internacional del trabajo”, donde nuestro papel sería el de proveedor de alimentos sin valor agregado y el de ser dóciles satélites de Inglaterra (al menos hasta 1945), sin pretensión de mas independencia que las que se otorga a un empleado a sueldo.
Para evitar que antiguos recuerdos reaviven sentimientos nacionalistas, había que cambiar la historia; nuestra historia de rebeldías y eclosiones de populacho era una molestia. Hubo quién ingenuamente quiso usar, para enterrar la historia el argumento leguleyo de la condena en juicio. Cuando se debatía la posibilidad de hacerle un juicio a Rosas, el diputado Emilio Agrelo insistía en sepultar la historia bajo una condena que impidiera “legalmente” toda revisión.

La historia debía ser “cosa juzgada” y aquí no se habla mas de “eso”. ¿Por qué? Escuchemos a Agrelo: “No podemos dejar el juicio de Rosas a la historia ¿Qué dirán las generaciones venideras cuando sepan que el almirante Brown lo sirvió? ¿Que el general San Martín le legó su espada? ¿Que grandes y poderosas naciones se inclinaron a su voluntad? ¡No, señores diputados!; debemos condenar a Rosas y condenarlo en términos tales que nadie quiera mañana intentar su defensa”.

Y no fue el único “complotista” que intentaba a sabiendas tapar la historia porque no los favorecería: Salvador María del Carril, temeroso que el fusilamiento de Dorrego sea “mal interpretado” aconseja en carta a Lavalle en 1829: “Incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad... fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego porque si es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos”. Y unas líneas más abajo, luego de aconsejarle actuar con la mayor crueldad posible para con los federales que caigan en sus manos aconseja: “Cartas como estas se queman”. Por suerte para la historia Lavalle -cándido y honrado- no la quemó.

Y ya que estamos en este episodio ¿Dice algo el Manual del Alumno de 4º grado sobre la matanza que vino después del fusilamiento de Dorrego? ¿Por qué no? ¿Será que no es “académico” decirlo?.

Siguiendo los consejos de Del Carril y la su logia, una locura homicida se apodera en 1829/30 de los mas dignos militares: Juan Apóstol Martínez, un héroe de la Independencia, recorre la campaña apresando gauchos a los que hace cavar sus propias tumbas. Estomba, otro héroe, los ata a la boca de los cañones para destrozarlos con la metralla (sus horrorizados soldados lo mandarán a Buenos Aires atado y completamente loco). Se calcula en más de mil los asesinados en la campaña por el solo delito de ser gauchos. Y aun los militares se quedan cortos, porque Juan Cruz Varela desde El Pampero exige que “se deben degollar cuatro mil para mantener quieta esa gaucha canalla”. Hasta el canónigo Agüero, no obstante su condición eclesiástica, ha escrito a Lavalle felicitándolo por la muerte de Dorrego e incitándole a seguir con esa “obra de higiene”: “No dudo que usted ha de concluir con estos salvajes... es necesario que se logre cuanto antes”.

No solamente en la campaña. Comisiones especiales recorren la ciudad para “proceder sumariamente” contra cualquier inculpado de simpatías populares. Las Memorias de Beruti mencionan a niños de siete años degollados “por andar con divisas federales”.

En una población que en la campaña de Buenos Aires, escenario de estas atrocidades, no pudo haber superado las 150 mil almas ¿Qué proporción son 4 mil? Hoy, con una población 40 veces superior, ¿hablaríamos de 160 mil desaparecidos, y en solo un año? Pero, claro, no eran más que gente pobre, gente sin abogados que los defiendan ni curas que velen por sus familias.

Coincido con los conferencistas en cuanto a la simplificación conspirativa. Es un infantilismo pensar en la siempre perfecta conspiración de “los malos”. Parece que se nos acusa a los nacionalistas de situar a “los malos” siempre en el exterior y acepto que esa ingenuidad se pudo alguna vez haber cometido. Pero me sorprende que ese argumento lo usen los conferencistas para defender esa maraña de leyendas y omisiones que algunos llamamos “la historia oficial”.
Permítanme una acotación que muestra lo poco que se nos enseña la historia: Romero nos dice que Saavedra nació en el Alto Perú, por lo que lo considera extranjero. ¿Sería “bolita”? No; era argentino, porque esa tierra por la que peleó tenazmente y sin medios la coronela del ejército argentino Juana Azurduy era Argentina. No se me escapa que Perú la reclamaba, pero la reclamaba, no la gobernaba. Tampoco debemos olvidar que solo cincuenta años antes de mayo los porteños éramos peruanos.

¿Dice algo el Billiken o la “historia de los académicos” de por qué no defendimos esa porción de tierra y cómo la dejamos ir? ¿No son estas omisiones o al menos “despriorizaciones” en la enseñanza de la historia grandes ocultamientos? ¿Por qué soltamos la mano de la provincia oriental, cuando su “delito” era simplemente no aceptar la hegemonía porteña? ¿Por qué oculta las veces que nuestros “próceres” planearon cercenar el litoral, independizarlo o entregarlo al Brasil, a cambio de ayuda para que ellos pudiesen gobernar?

El conferencista Romero, en el título de su disertación, habla de “La otra Historia, la verdadera”. Esa palabra “verdadera” me hace pensar que Romero es un creyente laico oficiante de los rituales de una revelación divina cuyo texto sagrado es la “historia verdadera”. Y todo el que opine lo contrario es un hereje. Y si este hereje está contaminado por lo que él quiere hacernos creer que es el nacionalismo, es lisa y llanamente un enfermo (son sus palabras: “el nacionalismo es una pasión enfermiza”, concluyendo que “no es ni bueno ni sano”. ¿Malo y enfermo? )

Pero para mejorar su dialéctica utiliza el bajo recurso de presentar al público un nacionalismo infantil y dibujado a su gusto, un “chauvinismo” que pretende todo y no admite nada, Ese “nacionalismo” solo existe en aquellos que tienen mentalidad militar (la bandera a la que se saluda con hieráticos movimientos de sable, el escudo que es la patria misma, el mapa, que es la heredad sagrada y recortada siempre por los “malos” vecinos -y de paso la desconfianza hacia todos los vecinos).

No me sorprende que Romero no sepa qué es el nacionalismo, nunca lo supo ni quiere infectarse con él. Romero, desde su trono en la calle Puán es sumo sacerdote de una religión en la que la Patria no tiene lugar. Patria para él y sus progresistas alumnos es más bien un anacronismo. Y para facilitarse la polémica contra un revisionismo que sólo parece haber estado presente en la solitaria pregunta de un oyente, quiere disminuir ese pensamiento adjudicándole aspectos caricaturescos.

Y para colmo habla de “la historia de los pueblos”, que según él es la verdadera. ¿De qué pueblo habla? ¿Del que discurría su tiempo en los salones principalmente porteños (y por cholulismo en algunos de provincia)? ¿Del de “la gente de posibles? ¿Del de la gente “culta”? ¿Del club del Progreso, el Jockey, el club del Orden de Santa Fe o el salteño 20 de febrero? ¿O serán los señores de las logias? ¿O directamente la cámara de comercio británica, de donde antaño salían las candidaturas?.
Sí, de acuerdo, eso también es pueblo, como también son los orates de las casas de salud o los presos de las cárceles. Pero tal vez los orates o los presos sean más pueblo, ya que ellos no se sienten superiores con derecho a mandar ni han repudiado a “la chusma ígnara”. Pero por ellos, por esa clase social que se cree dirigente pero en realidad es sumisa a sus verdaderos directores, que son sus empleadores o dispensadores de favores oficiales, esa clase social orgullosa de su pertenencia a camarillas clubes o logias, y temerosa a su vez que estos círculos los “desclasen”, por lo que cumplen con sus ritos, modas y lenguaje para seguir “figurando”.

Por esa clase social es el exclusivo y único camino por donde siempre transitó “la historia oficial”; que para Romero y los académicos la “verdadera”. Los otros, los gauchos, los que no tenían más padrinos que sus caudillos, tan perseguidos como ellos, solo les cabía el orgullo de morir en el desigual encuentro de la montonera y los Remington. Porque si allí no morían eran lisa y llanamente asesinados, como fueron los prisioneros degollados en Cañada de Gómez por asesinos contratados en Italia.

¿Cuántos? No es aventurado el cálculo de que entre 1861 (Pavón) y 1878 (conquista del desierto) murieron la mitad de los gachos de la campaña.

Esto es muy serio y no es “académico”. El genocidio fue ignorado por la historia. Oigamos nuevamente a Sarmiento: “Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier numero que sean” (año 1868). “Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos”. Y a Mitre: “Hemos jurado con Sarmiento que ni uno solo ha de quedar vivo” (Mitre en 1852).

Los criollos murieron, sus mujeres fueron a los prostíbulos militares o a servir en las casas de gente “bien” y sus campitos y majadas repartidas como botín de guerra. La otra mitad se calló definitivamente la boca y pasó a malvivir como compadrito o peón de a caballo.

El escalón que ocupaba fue habitado por los gringos inmigrantes, no ya las “razas viriles” -rubios de ojos azules- que soñaran los padres de la patria sino laboriosos agradecidos y sumisos tanos y gallegos, que si traían alguna rebeldía era reflejo de viejas luchas de Europa, casi inaplicables en nuestra inmensidad. Pero sus hijos comprendieron y amaron a ese taciturno sufrido y despreciado gaucho. Y juntos un día volvieron.

Si está suficientemente probada y nunca fue desmentido que hubo una confesada intención de tergiversar la historia, ¿por qué la mantenemos vigente? ¿Por qué Luna opina que los revisionistas hoy académicamente no existen? ¿Fueron rebatidos? ¿Por quién? ¿O es que no existen porque el único revisionista que alguna vez dejaron entrar a la academia de la historia fue el fallecido Guillermo Furlong, tal vez porque su sotana de jesuita no dejaba ver su cachiporra de nacionalista?

Hay algo podrido en Dinamarca. No seremos nunca nada ni iremos a ninguna parte si no sabemos quienes fuimos.

Tuvimos paralelismos enfermizos en la historia.

Recordamos a alguien que llegó disfrazado de Facundo Quiroga y se retiró parecido a Urquiza.

Como dijo un oyente, tal vez Quiroga fuese teóricamente unitario pero era patriota. Su clon, por el contrario no era ni lo uno ni lo otro. Con este ejemplo vemos que de una historia amañada y poco creíble no puede sino surgir una confusión. Una historia así no imprime carácter de nación, es simplemente un problema sicológico que produce monstruosidades, Desde una historia así no se parte hacia ningún destino. Una patria que no se asiente en su historia es solo un sitio en el mundo. La diferencia entre un sitio y una nacionalidad es similar a la que hay entre una casa y una familia.

Tal vez la “Academia” sirva alguna vez para vernos como una nacionalidad, llámese argentina o suramericana. Pero mientras siga siendo un club exclusivo, unívoco y refractario a todo lo que huela a revisionista, o peor aún, a nacionalista seguirá siendo un Olimpo demasiado lejano del suelo. O si se quiere del pueblo.

Author: Francisco Pestanha

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