ENRQUE OLIVA
"Françoise Lepot"

Comandos Coronel Peron*

Habitación de hotel: la de un corresponsal a punto de viajar, de­sordenada, persianas bajas, la pálida luz de un velador, y sobre la silla, unos treinta libros en la valija abierta. Allí nos recibió a Mar­ta Echevarría y a mí Enrique Oliva, alias "Francois Lepot".

El cuestionario que llevábamos era sobre la Resistencia y la experiencia del embrión guerrillero de los Uturuncos, en la que sa­bíamos que él había participado. Pero Oliva sólo respondió a las preguntas sobre la primera etapa de la resistencia, y nos relató cómo se había llevado a cabo el pacto Perón-Frondizi, que, según él, pese a su nombre ampuloso, fue un trámite sin importancia para Perón:

¿Cómo se firmó el famoso pacto? El general Perón había convocado a Venezuela a varios dirigentes: a Vicente Leónides Saadi; al Dr. Madariaga, de Mendoza; a quien había sido diputado por Mendoza, Serú Gar­cía; a Hipólito Paz, el embajador en Estados Unidos y ministro de Rela­jones Exteriores durante su gobierno; al empresario Jorge Antonio; a Manolo Buzzeta, un dirigente de la Juventud que fue secretario de Empleados de Comercio; a Angel Borlenghi, el ministro de Interior entre 1946 y junio 1955; al ex diputado por Salta Juan Carlos Cornejo Linares.

En el pequeño departamento de Cooke en Caracas hubo dos o tres reuniones en las que Perón los consultó sobre las elecciones presidenciales de 6 febrero de 1958. Cada uno de ellos expuso su opinión: unos estaban por el voto en blanco; otros por el apoyo a un partido no peronista. En el último encuentro, Perón hizo un resumen pormenorizado, con citas exactas, de lo que habían dicho todos. "En conclusión —dijo al finalizar— hay tres opciones." Todos se miraron porque no se había hablado más que de dos; absolutamente nadie había mencionado la posibilidad de apoyar a Frondizi. "Frondizi está insinuando que lo apoyemos; a cambio llamaría a nuevas elecciones completamente libres —dijo—. Como uste­des han venido para que yo decida sobre este tema, lo voy a pensar y en pocos días más voy a tomar una decisión". Se levantó, le dio la mano a uno por uno (nadie tuvo oportunidad de preguntar nada), abrió la puerta y empezaron a salir todos. "Adiós, adiós, saludos a los compañeros."

Esto debe haber sido una sorpresa para Jorge Antonio porque Cooke afirmó años después que el empresario había llamado a mu­chos dirigentes que preferían el apoyo a un partido neo-peronista, la posición que Jorge Antonio quería que triunfara.

Quedó Borlenghi, sentado, porque estaba enfermo y Perón no deja­ba que se levantara. Lo cuidaba mucho. Ni bien se cerró la puerta detrás de ellos, Cooke me dijo: "Ya está decidido". Y me pidió que fuera al Edificio Bolívar a poner un telegrama a Chile: "Que viaje Roberto".

Y "Roberto", Rogelio Frigerio, llegó a Caracas. Durante las con­versaciones, que fueron muy pocas, el General no hacía mucho hincapié en las condiciones. Parecía distraído. Yo me animé a decirle:

—¿Por qué no ponemos esto y aquello? —Y él decía:

—Sí m'hijo, póngalo.

Eran cláusulas para asegurar el cumplimiento del pacto. En un mo­mento nos quedamos solos con el borrador del pacto, y le pregunté:

—¿Usted cree en Frondizi?

—Mire —me contestó—, yo no lo conozco. Leí algunos artículos que escribía en Qué con el seudónimo "El Pedagogo". Es un hombre que cambia mucho de opinión. Quiere quedar bien con los militares, con el clero, con los obreros...

—¿Y Ud. cree que va a cumplir el Pacto?

—No, m'hijito... y nosotros tampoco. Los pactos políticos nunca se cumplen.

En el punto I del pacto, que ellos suscribieron como Plan Político, se enumeraban los compromisos que el peronismo debía respetar. En el punto II, las reformas que el doctor Frondizi debí adoptar, de asumir el gobierno: la revisión de las medidas de carácter económico, considerando el restablecimiento de la reforma bancada de 1946 como urgente y el afianzamiento de los regíme­nes de previsión social; la anulación de las medidas de persecución política; el levantamiento de interdicciones y restitución de bienes a sus legítimos dueños; la devolución de los bienes de la Funda­ción Eva Perón; el levantamiento de las inhabilitaciones gremiales y normalización de sindicatos y de la Confederación General del Trabajo; el reconocimiento de la personería del Partido Peronista; el reemplazo de los miembros de la Suprema Corte de Justicia, eli­minando a los magistrados que hubiesen participado en actos de persecución política, y la convocatoria a una Convención Constitu­yente para reformar la Constitución, declarar la caducidad de las autoridades y llamar a elecciones generales.

A cambio, el general Juan Domingo Perón se comprometía a interponer sus buenos oficios y su influencia política para lograr el clima pacífico y de colaboración popular indispensable para poder llevar a cabo los objetivos establecidos en el Plan.

Los cuatro firmantes, Juan Perón, John Cooke, Arturo Fron­dizi y Rogelio Frigerio, empeñaban su palabra de honor en mante­ner en reserva el Plan (salvo en caso de incumplimiento por alguna de las partes) hasta el 19 de agosto de 1958, para otorgar los plazos de entre noventa y ciento veinte días que se requerían para la eje­cución de las medidas, y divulgarlo de común acuerdo con poste­rioridad.
(Perón denunciaría el pacto en 1959, luego de las concesiones petroleras del gobierno de Arturo Frondizi, quien desmintió la existencia de aquel convenio.)

Enrique Oliva había pasado a máquina las cláusulas del docu­mento. Cuando lo hizo, parecieron quedar atrás los primeros años la Resistencia, que recordó para nosotros en la habitación del hotel aquella calurosa tarde de 1990:

Lo más bello que recuerdo de la primera época de la Resistencia es solidaridad de la gente. A cualquier barrio o villa se podía llevar a al­guien que estuviera perseguido, y enseguida se lo disputaban para darle alojamiento. Cuando cayó Perón se fueron formando grupos, con una gran aco­gida entre la gente. Nosotros nos organizamos como "Comando Coronel Perón Volviendo a las Bases". Publicamos una revistita mimeografiada que se llamaba El Grasita. Había que empezar de nuevo; era la época de lucha, de la tiza y el carbón, como decía Jauretche.

Éramos María Elena Márquez, su cuñado Stagnaro, un ingeniero López de Tucumán. Varios eran empleados de teléfonos: Gallo, el dipu­tado Gallo; Manso, un tartamudo inteligentísimo y valiente. Como en esos tiempos no había llamadas automáticas, los telefonistas constituían un comando. Nos hacían conexiones múltiples a varias provincias, para hacer llegar información o instrucciones. Y no las facturaban. A veces me llamaban y me decían: "Tengo algo, un compañero de Salta". Y cuando había problemas, cortaban. Hemos pasado noches enteras ha­blando a todo el país.

Los comandos Coronel Perón se desarrollaron mucho y seguíamos sin encontrar un dirigente. Entonces decidimos ponemos en contacto con Perón. El único que lo conocía al General era yo. Lo había conocido siendo chico, él me enseñó a esquiar. Estuvimos vinculados por razones deportivas hasta que trabajé en la Secretaria de la Presidencia durante su gobierno. El que debía ponerme en contacto con él era yo. Entonces via­jé a Chile. Busqué a la senadora María de la Cruz que era amiga de Pe­rón y le dije que quería conversar con él. Ella me dijo que por teléfono era imposible pero que le escribiera: ella me garantizaba que le haría lle­gar la carta.

Le escribí a mano un informe sobre lo que nos estaba pasando. Que contra la V de "Cristo Vence" nosotros poníamos la V y la P, "Perón Vuelve". Eso lo inventamos nosotros. Le explicaba cómo se llamaban los comandos y que no encontrábamos a nadie para conducirlos. Le pe­díamos que él dirigiera, que nos diera instrucciones y nos indicara a quién ver. Que confiara en nuestra lealtad. Que ninguno de nosotros te­níamos experiencia en tareas clandestinas pero se estaban haciendo cosas demasiado peligrosas.

María de la Cruz me dijo que un amigo suyo, simpatizante de Pe­rón como lo era del general Ibáñez, trabajaba en la sucursal de Lan Chile en Buenos Aires. Era el gerente, un tal Rojas. Nos iba a hacer el favor de entregamos correspondencia, pero nos pedía que dado su cargo en la em­presa, no lo comprometiéramos. Un día me llamó Rojas y me dijo que te­nía que ir a Lan Chile porque había un sobre para mí.

Era un sobre grueso. Encontré varias páginas de Perón dirigidas a mí. Primero exponía nuestros errores: cómo caímos, cómo debíamos actuar. Y luego venían las instrucciones N- 1 para la Resistencia Peronista. Todas las páginas fumadas- Una carta era para mí. Y había otras. Eran hojas escritas a mano que decían: "Panamá", la fecha, "Al dirigente que está al frente de la CGT", "Al dirigente que está al frente del Partido", al de la Juventud, a la de la Rama Femenina... Tristísimo. Todas así: donde los saluda, les da instrucciones y los autoriza a actuar en nombre suyo.

Eran no menos de cinco cartas, y en la carta dirigida a mí me pedía: "A estas cartas póngales usted el nombre que le parezca más convenien­te". Eso quería decir que yo era el primer peronista de base o de la resis­tencia que me había puesto en contacto con él luego de varios meses de la caída de su gobierno. ¿Otros le habían escrito? Puede ser, quizás algu­nos presos como Cooke. Con una gran desazón, yo me preguntaba a quiénes les daría los títulos de Perón. ¿A quién designaba jefe de la CGT clandestina? Seguimos trabajando solos. Ya no buscamos jefes. ¿Para qué buscar jefes si Perón los Hacía jefes a todos?

Y ocurre que casi simultáneamente dos grupos que actuaban en Buenos Aires se pusieron en contacto con Perón. El Comando Nacional, que dirigían Marcos y Lagomarsino con Osvaldo Morales, Carlos Held, Tristán, Manolo Buzzeta. Un grupo calificado, con experiencia. Los Co­mandos Coronel Perón éramos más grasitas, menos jefes y más militan­tes. Era más lindo por eso. Ellos tenían más medios, se habían movido en el interior. Y el otro grupo Que le hizo llegar un mensaje a Perón fue el de Rodolfo Traversi, el militante de la primera Juventud Peronista. Pe­rón les pidió que se conectaran conmigo, pero que antes de hacerlo con­firmaran que yo había sido profesor en la Universidad de Cuyo. Empeza­ron a buscarme por todo Buenos Aires y en un primer momento pensa­mos que la policía andaba detrás mío. ¡Si he disparado! Lagomarsino me persiguió como un loco en su cochecito. Al final, nos encontramos.

Junto con el Comando Nacional inventamos un código para usar en !a correspondencia con Perón. Era un sistema de claves muy ingenioso que requería el uso de dos diccionarios iguales. Entre paréntesis se escri­ba el número de la página y el número de la línea donde estaba la pala­bra. Y le mandamos un diccionario a Perón.

Un día llegó un mensaje en clave de Perón. Lo desciframos López Colombres y yo, con gran ansiedad: Perón nos pedía que tratáramos por todos los medios de liberarlos a Cooke y a Jorge Antonio del penal de Rawson.

*Extraido de CARTAS PELIGROSAS de Marta Cichero, Ed. Planeta Espejo de la Argenitna.

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