REVOLUCION DE VALLE

No estoy en condiciones de escribir la crónica de la revolución del 9 de junio de 1956, ya que, actor de ella, fue allanada mi casa y desaparecieron los documentos que me hubiesen servido a ello. No me será difícil hacerme de otros, pero no tengo en estos momentos tiempo de ponerme a la tarea.

"Voy a lo grueso y principal", como decía Alberdi aplaudiendo al gobierno de Rosas. Lo grueso y principal no es la conspiración de unos militares patriotas que se propusieron, con la participación de civiles, echar abajo el gobierno de Aramburu y Rojas: conspiraciones y revoluciones semejantes las hay por docenas en nuestra historia.

Lo grueso y principal es lo que se llamó Ley Marcial, y su aplicación a los vencidos en la jornada del 9 de junio. ¿De dónde sacaron los "libertadores", que estaban en el gobierno, que existía algo que llamaron Ley Marcial y les permitía disponer de la vida de los vencidos?... En Derecho de Gentes se llama Ley Marcial la aplicación de la última pena a quienes aprovechan de la conmoción de una guerra internacional o civil para causar latrocinios. De ninguna manera es un derecho de muerte sobre los vencidos. Eso no es Ley Marcial: eso es la Ley de la Jungla, el derecho de las fieras.

Supongo que, si no los militares y marinos que ocupaban la presidencia y vice-presidencia de la República, sus asesores jurídicos lo sabían perfectamente. Sin embargo, dejaron, o quizá aconsejaron, su aplicación. ¿Por qué? La respuesta es una sola: porque se necesitaba cometer actos de terrorismo a fin de acallar la enorme mayoría del país que repudiaba al gobierno de 1956.

Algo parecido a lo que hicieron los revolucionarios de 1828 contra el gobierno popular de Dorrego. Fusilaron a éste porque —lo dijo Salvador María del Carril— "una revolución es un juego de azar donde se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella (...) Entre los que han combatido por el poder ninguno ha sido sacrificado hasta ahora." Como el "partido de Dorrego se compone de la canalla más desesperada (...) debemos prescindir del corazón".

El fusilamiento de Dorrego fue como el fusilamiento de Juan José Valle: un instrumento para sembrar el terror sobre "la canalla más desesperada", la sola y gran manera de una minoría para mantenerse en el gobierno. Y así como a la muerte de Dorrego siguieron la de tantos más, junto con Valle fueran eliminados coroneles, oficiales, suboficiales, tropa y civiles, El objetivo era uno solo: "cortar la cabeza de la hidra".

Ese terrorismo frió, insensible, oculto en "cartas que como ésta se rompen", es la característica del terror unitario. Esa Ley Marcial firmada en las últimas horas del 9 de junio de 1956 cuando Aramburu —que aparece signándola— no estaba en Buenos Aires porque navegaba en esos momentos en el aviso Drumnond, es la característica de ese terror viscoso y deliberado.Los grupos de señoras, niñas y comadres de ambos sexos gritaban por la calle Florida "¡Dale Rojas! ¡Dale Rojas!", al tiempo de darse con uendo los boletines anunciando los fusilamientos de jefes y oficiales me recuerdan a las señoras y niñas del partido unitario que felicitaban en la plaza de la Victoria al piquete que fusiló a Dorrego, o al conjunto de jóvenes que asistieron en la Recoleta al ajusticiamiento de Mesa y los prisioneros tomados en Las Palmitas por el coronel Suárez. Y aquel socialista democrático que entendía haberse acabado la leche de la clemencia, tratándose de matar a quienes no pensaban en política como él, a ese periodista Juan Cruz Varela que aseguraba "que el país ha de convertirse en un desierto, o nuestra causa triunfar''.

Con todo me quedo con el socialista democrático y el ¡Dale Rojas!, antes que con ese otro unitario para quien los fusilamientos de Dorrego y la masacre de los federales se podrían justificar "envolviendo la impostura en los pasaportes de la verdad", para "embrollar, y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos". Esto va por algunos de los participantes en las ejecuciones de 1956 que aseguraron el otro día con impavidez, por no decir otra frase más gráfica, que Valle y los revolucionarlos de 1956 habían sido fusilados "¡porque se proponían sembrar el terror y mandar nuestras mujeres a los prostíbulos! ". A mi me consta, como a otros que participamos en la revolución del 9 de junio, las órdenes de Valle para reprimir cualquier desmán popular y cuidar celosamente la vida de los vencidos. Pero si no hubiera sido así, ¿no habrían hecho mejor almirante Rojas —que hizo la afirmación— y otro doctor cuyo nombre me acuerdo, que la repitió con igual impavidez— haber sometido a juicio contradictorio a esos criminales y condenarlos con pruebas correctamente controvertidas?.

Me viene a la memoria otro de los errores de del Carril: "La posteridad consagra y recibe las deposiciones del fuerte o del impostor que venció, sedujo y sobrevivió y sofoca los reclamos del débil que sucumbió o del hombre sincero que no fue creído." Errores, Porque la posteridad ya sabe quien es el almirante Rojas y quien el general Juan José Valle. Este vive en el corazón de su pueblo; aquel llene la tremenda condena, ni siquiera imaginada por el Dante, de esconderse permanentemente del pueblo.

José María -Pepe - ROSA
 

 

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