Skip to main content

Cartas de Rosas

Carta de Rosas a Quiroga (28-02-1832)

 

Buenos Aires, 28 de febrero de 1832.

Mi querido buen amigo Señor Don Juan Facundo Quiroga.

Contestaré por ésta a sus dos muy estimadas: la una fecha 27 de noviembre, y la otra 4 de diciembre últimos.

Me impuse de la carta dirigida por usted a Don Estanislao del Campo, y la que cerrada le hice entregar: su tenor me ha dejado satisfecho.

Bien conozco por lo que por mí pasa cuán vivos serán sus deseos de volver a la vida privada; pero para esto es preciso que si por una parte justamente se debe a usted lo que pide, por otra también usted no puede negar lo que se le exige. En la& circunstancias es usted un hombre necesario; porque sin usted lo que se ha hecho todo se pierde. Esto es preciso ser ciego para no verlo, o estar preocupado para no conocerlo. Usted podrá retirarse del teatro de los negocios, pero no desentenderse de ellos, a fin de que su influjo y posición lo pongan expedito para hacer el bien que el país puede esperar de usted. En una palabra. El descanso de usted está identificado con el de los pueblos; y por lo tanto, cualquiera que sea el que usted adopte, tiene que conciliar la paz pública, y

sólida tranquilidad que su nombre solo puede garantir.

La conducta que usted ha guardado con Don Pedro Rico es propia de la firmeza y consecuencia de un buen amigo: Ella para mí estará siempre presente, para no olvidarla; y puedo asegurarle que cuando se ofrezca, recordaré el interés que Rico tuvo en pelear por la causa.

Son para mí más satisfactorias que otra alguna las felicitaciones que usted me dirige. Debo ser justo, y al aceptarlas me toca reconocer en usted el mérito singular que usted ha contraído, y confesar que le son debidas principalmente en cuyo sentido las retorno. Juan Manuel de Rosas siempre estará pronto a ocuparse y a corresponder a usted, ofreciéndole ser lo mismo que usted me promete.

 

He sido instruido de los últimos acontecimientos de la guerra. Veo que después de la heroica jornada en los Campos de la Ciudadela habla usted quedado poco menos que a pie, para seguir sobre Salta: y de lo mismo infiero, que la conclusión por los capítulos de paz ajustados con la Representación de esta provincia por medio de sus Diputados al efecto, y el desenlace que usted supo disponer y preparar, son el colmo de que podíamos desear los amigos de la buena causa.

Conozco el poder de lo que usted observa en punto a la distancia en que se puso al General en Jefe. El cálculo y la penetración, pudo haberle faltado; pero no puedo persuadirme que un siniestro deseo fuese el autor de las deliberaciones . El General en Jefe fué gustoso en que usted tomase parte en la guerra: estoy cierto en esto, como que contando con la intervención de usted se hicieron las combinaciones para la campaña. La retirada del General en Jefe de Córdoba, si yo la hubiese podido diferir, lo habría hecho; pero mi opinión a este respecto no llegó a tiempo. El señor López confió siempre en el triunfo de usted sobre los enemigos; y por otra-parte el estado del Entre Ríos, que volvía a ponerse en una' situación alarmante fué la causa de que abreviase su aproximación a Santa Fe. Mas yo aún después de la entrevista me sostuve siempre con mi cuartel General entre la miseria de Pavón y el Arroyo del Medio, cuyos campos no eran ya más que tierra, y hasta carecían de aguada buena, esperando en ese punto bien el término, bien el poder proteger del modo posible cualquier desaire de las armas.

En fin, la firmeza y bravura de usted, y la valentía en compañía de los Auxiliares de los Andes han visto publicadas las muestras de gratitud de todos, principiando por el General en Jefe. Ahora solo debo exigir que se olviden faltas, y que con generalidad luzca el disimulo en las que se nos hubiesen notado.

Las correspondencias de Díaz Peña, Madrid, Don Javier López, y Videla Castillo me han entretenido bastante, y en todas reconozco lo que solo el nombre de usted imponía a esos hombres.

Adiós amigo: No me cansaré de repetir lo obligado que me tiene una amistad de que me honro, y de rogar por que su vida sea tan duradera como el tiempo, como lo desoa su apasionado y afectísimo compatriota.

[En Archivo General de la Nación. 5-28-2-1.]

  • Visto: 2413