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Carta de Quiroga a Rosas (14-12-1834)

  Buenos Aires, diciembre 14 de 1834. Señor Don Juan Manuel Rosas. Amigo de mi distinguido aprecio: son las nueve de la noche, hora en que se me ha solicitado de parte del Señor Gobernador para que marche a buscar la paz y orden que se ha alterado por desgracia en los pueblos de Tucumán y Salta. Yo estoy dispuesto a marchar en el momento que se quiera, previa su aprobación, y es por esto que espero me dé francamente su opinión. Soy de usted atento servidor y amigo. Juan Facundo Quiroga [En Archivo General de la Nación, Sección Farini, Leg. 18.]

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Carta de Quiroga a Rosas (12-09-1833)

  San Juan, setiembre 12 de 1833. [Copia] Contestando a usted en orden a la opinión que me pide en su citada [20 de julio] digo a usted que estamos en un todo de acuerdo, y que ello me ha ratificado el concepto que he tenido formado de que congeniamos del modo más perfecto en los asuntos que tienden al bien general de la República y es por ello que usted no debe dudar que haré cuanto esté de mi parte y me aconseje mi razón para persuadir a mis compatriotas que ya es llegado el tiempo de que las Provincias se ocupen de darse sus constituciones particulares, a fin de que puedan en seguida entrar a trabajar los cimientos de la gran carta NacionaL1 [En Archivo General de la Nación. 1-1-1-13.]

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Carta de Quiroga a Rosas (4-09-1832)

  Mendoza, setiembre 4 de 1832. [ Borrador ] "Creo haber dicho lo bastante para usted que me conoce y sabe que no me mueve otro interés que el bien general de todo el País y que, si es que algo le toca al amor propio, él está íntimamente ligado con estos sentimientos, conozco también que los pensamientos suyos son idénticos, y por eso le hablo con esta franqueza remitiendo a su penetración las demás razones políticas y de conveniencia pública que abogan este pensamiento. Primero es asegurar el país de la consternación en que lo tiene un enemigo exterior y bárbaro, que desarrollar los gérmenes de su riqueza a la sombra de las leyes que deben dictarse en medio de la tranquilidad y del sosiego, y verá aquí justificado su pensamiento, en orden a Constitución/".   (En Eduardo Gaffarot, Comentarios a Civilización y Barbarie, Buenos Aires, 1906, págs. 223-224) '

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Carta de Quiroga a Rosas (12-01-1832)

Tucumán, enero 12 de 1832. Señor Don Juan Manuel de Rosas. Muy señor mío y amigo: tengo a la vista su favorecida de 13 del pasado que voy a contestar en cuatro palabras diciendo a usted que en balde se ha mortificado en explanar sus ideas y razones para convencerme que debo retrogradar en mi resolución, así que usted ha tenido bastante motivo para conocer, que no sé volver atrás en mis propósitos. Usted me dice que no pertenezco a mí mismo; pero yo quisiera que usted me diga a quién pertenecía Don Juan Manuel Rosas, y Don Estanislao López, cuando hicieron la guerra al Ejército sublevado a consecuencia de orden de la Convención Nacional y cuál la causa por que dejaron las armas de la mano estando existente el motivo porque las empuñaron, y cuál la razón porque se me abandonó, y se me dejó solo en el campo del compromiso, y si era o no honroso a la República que si bien se ponen en la balanza de la justicia, nadie son responsables sino ustedes de cuanta sangre se ha vertido, y de tantas fortunas arruinadas; pero como nadie ve la paja en su ojo, no advierten que se contentaban con tranquilizar las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, dejando al resto de las demás bajo el yugo de la opresión, y ahora sólo yo debo ser quien voy a causar perjuicios a la República con mi separación del mando, bien que no dejan de tener razón en parte, pues que por sí solos no arribarían al objeto que se proponen, si yo separado del mando quisiera desentenderme enteramente de trabajar por el bien del país, en que no cesaré, puesto que para ello ya no es preciso tener la lanza enristrada, y puede ser, sin ser milagro, que recién me haya colocado en una posición en que pueda ser útil al país en general como pronto lo veremos, explorada que sea a fondo la voluntad de las provincias en orden a la constitución de la República.   Páselo usted bien y mande a su afectísimo servidor y amigo que besa su mano. Juan Facundo Quiroga    

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Carta de Quiroga a Rosas (12-01-1832)

Tucumán, enero 12 de 1832. Señor Don Juan Manuel de Rosas. Amigo de todo mi aprecio: contestando a su favorecida del 14 de diciembre digo a usted: que el no haberle dicho nada del parecer que me pedía en su apreciable de 4 de octubre con respecto a la formación de la Comisión Representativa y de la oportunidad para lá reunión del Congreso, fué creyendo que mi silencio mismo le debía hacer entender el motivo; pero ya que no lo ha comprendido se lo explicaré claro y terminante. Usted sabe, porque se lo he dicho varias veces, que yo no soy federal, soy unitario por convencimiento; pero sí con la diferencia de que mi opinión es muy humilde y que yo respeto demasiado la de los pueblos constantemente pronunciada por el sistema de gobierno Federal; por cuya causa he combatido con constancia contra los que han querido hacer prevalecer por las bayonetas la opinión a que yo pertenezco, sofocando la general de la República; y siendo esto así, como efectivamente lo es, ¿cómo podré yo darle mi parecer en un asunto en que por las razones que llevo expuestas necesito explorar a fondo la opinión de las provincias, de las que jamás me he separado, sin embargo, de ser opuesta a la de mi individuo? Aguarde pues un momento, me informaré y sabré cuál es el sentimiento o parecer de los pueblos y entonces se lo comunicaré, puesto que es justo que ellos obren con plena libertad, porque todo lo que se quiera, o pretenda en contrario, será violentarlos, y aun cuando se consiguiese por el momento lo que se quiera, no tendría consistencia, porque nadie duda que todo lo que se hace por la fuerza o arrastrado de un influjo no puede tener duración siempre que sea contra el sentimiento general de los pueblos.   Quedo enterado de los motivos que han retardado el regreso del señor Argañaraz, que llegó a Córdoba sin novedad alguna, y se le ordenó pasase a La Rioja. En orden a lo que me dice que cree acreedores a un grado más a los Jefes y oficiales de la División, debo decirle que el señor Coronel Don José Ruiz Huidobro, quien se halla a la cabeza del Ejercito, instruirá a usted de los despachos de as-cer. >s que han recibido Jefes y oficiales, e igualmente de los que no han ascendido, con expresión de los que por su ineptitud no son dignos a tal consideración, como el Comandante Don Juan Esteban Vázquez, para que usted teniendo pleno conocimiento, resuelva lo que juzgue conveniente, advirtiendo a usted que en el Ejército se hallaban en servicio los Coroneles efectivos Don Juan Brizuela y Don Manuel Gregorio Quiroga, ambos de más antigüedad que el de igual clase Don José Ruiz Huidobro, y que a pesar de esto, y de no ser hijo del país, ha sido encargado del mando del Ejército por su comportación y conocimiento que posee, digo esto para que usted se persuada que es digno de que usted lo distinga con el premio que crea de justicia. Saluda a usted con la consideración que acostumbra, su amigo afectísimo que besa su mano. Juan Facundo Quiroga [En Archivo General de la Nación. 5-28-2-1.]

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Carta de Quiroga a Rosas (26-12-1831)

Tucumán, diciembre 26 de 1831. Señor Don Juan Manuel de Rosas.   Amigo de mi distinguido aprecio: Tengo el gusto de acusar recibo a su favorecida de 22 del presente y decir a usted que los unitarios no necesitan mortificarse mucho para lograr el fin que se han propuesto; nosotros mismos debemos darles el triunfo como consecuencia indispensable de nuestra falta de virtudes. Si yo tuviese la sangre tan helada como la nieve de la cor-, dillera de los Andes, tal vez permaneciera unido al hombre de Santa Fe, pero como por desgracia Dios me dió un genio incapaz de tolerar acciones viles y bajas, no podré jamás hacer liga con el Gigante de los Santafecinos. Aquí tiene usted mi amigo un resultado en que los miserables unitarios no han tenido ni podido tener la más leve parte; y .por este mismo estilo anda todo lo. demás. Le incluyo esta copia escrita1 en sentido diametralmente opuesto al de la comunicación que usted me dirigió relativa a la entrevista consabida. ¿Y qué haremos pues en este caso? El hombre parece que se obstina en su resolución según se expresa, y yo comprendo que este acontecimiento es motivado de que ustedes no han marchado desde su principio bajo de un plan combinado y concertado; pues es visto y muy probado que nada, y absolutamente nada, han hablado acerca de los pasos que se debían dar después de pacificada la República, para lograr su constitución, y si así no fuera, nunca podría el señor López, salir con tal ocurrencia a menos que no sea como algunos dicen qlie como le traiga cuenta no hay muralla que no salte por elevada que sea.   En el término que ha corrido desde que el Sargento Mayor Don Luis Argañaraz fué despachado desde San Juan, yo pude ir a Buenos Aires y hallarme hoy en este Pueblo del Tu-cumán y habiendo llevado conmigo a toda la División Auxiliar de los Andes, y es por esto que calculo una de dos cosas sin riesgo de equivocarme; primera: que el citado Sargento Mayor ha sido asesinado y no siendo así, estoy por la segunda, cual es creer que a ustedes les ha entrado la polilla, más claro, que no han tenido ningún interés que la División de los Andes remediase con oportunidad las necesidades que a esta fecha debió padecer, si la acción del 4 de noviembre no le hubiese proporcionado recursos para su subsistencia, y puesto en actitud de no carecer de nada hasta fines del mes que viene: pero no por esto se deja de notar la indolencia con que se mira a unos salvajes como nosotros que nos metimos a expedicionar sin que se pusiesen en nuestras manos los elementos necesarios; y lo peor de todo es ^ue conociendo que el señor García, el Ministro de Hacienda, no se había de descuidar en hacerme todo el mal que estuviese en la esfera de su poder o pendiera de su influjo, no me precaucioné como debía, bien que yo poco he tenido que extrañar, pues no es la primera vez que se me ha dejado en las astas del toro; por cuya razón calculé antes de moverme de San Juan que el Mayor Don Luis Argarañaz no había de ser despachado con la prontitud que yo exigía, y que el amigo de mi ruina, el señor García, había de dar sus vueltecitas, y efujiarse de frivolos pretextos y* entretener el tiempo para lograr sitiarme por medio de la indigencia y conseguir que me cargasen los Demonios, objeto constante de sus desvelos que mucho antes de declarada la guerra tengo datos positivos. Bien que si yo hubiese sido su hermano político, como el señor Aguirre, no habría obrado en el sentido que él hizo- en aquel tiempo. Esto es pues, amigo mío, el sendero en que marchamos y luego nos quejamos de la constancia con que trabajan los enemigos.   Gran trabajo es que los hombres no tengamos un espejo a propósito en que mirar con imparcialidad nuestras acciones pues que en tal caso conoceríamos su deformidad, pues no de balde dicen algunos que los objetos no se perciben a la vista, unas veces por estar muy distantes y otras por demasiado cerca; razón porque ninguno puede ver la pestaña de su ojo, las necesidades del que obedece no las puede ver el que manda por la distancia inmensa que media del jefe al subdito. Tampoco puede ver el jefe la obligación de su deber, pues que todo lo que a él pertenece lo tiene demasiado cerca de su vista. Esto es cabalmente lo que sucede en nuestro caso, pues que desde Buenos Aires no se han podido graduar bien las necesidades y peligros a que estaba expuesta la División Auxiliar de los Andes, desde que se le dió orden y no recursos para marchar contra el Ejército de los malvados, ni menos ha podido conocer cuál ha sido el deber que la Patria y la justicia les impone de proveer con rapidez con todo lo necesario al entretenimiento del soldado, porque éstos no pueden ni deben salir a la guerra a sus expensas, según lo dice San Pablo. He dicho, y lo repito, que la División de los Andes de nada ha carecido, mas esto no lo sabían ustedes ni lo podían soñar.   El estado en que se halla la Provincia de Salta, lo verá usted en las notas que acompaño referentes a este asunto, por ella y otros datos que tengo entiendo que la guerra sigue y en contra de esta opinión hay el hecho de haber pasado a la República de Bolivia, Madrid, López, Pedernera, Videla Castillo, Plaza, Balmaceda, Albarracín, Acha, y otros más, de modo que son muy pocos los que han quedado y de poca importancia, de que resulta que se disponen únicamente a hacer la guerra de recursos, táctica desconocida para mí; bien que hasta ridículo parece que la División de los Andes marche a Salta sabiendo que no deben encontrar enemigos que le presenten una batalla, y parece más conforme i la razón dejarlos, aunque no cumplan con los Tratados; pero sobre este punto decidirá el que va a encargarse de la División, aunque es verdad que si se decide a marchar a Salta, se ha de ver amargo por la falta de caballada, pues que no hay de dónde proveerse para ir a hacer guerra de correrías. Cuando se presentaron los Diputados de la Sala de Salta solicitando la paz, se les hizo presente los perjuicios que había sufrido el pueblo de La Rioja, con la invasión hecha por las tropas de Salta en la que no respetaron ni las custodias de los templos, se les apuntó lo que podrían dar en reparos de tamaños perjuicios; pero que si se creía que esto sería un obstáculo para arribar a una paz sincera, que no diesen nada, y que si querían que la Provincia de La Rioja abonase a la de Salta todos los gastos que hizo en la expedición que mandó para sacrificarla se le abonarían religiosamente cuanto había gastado, encareciéndoles que a la República interesaba demasiado la terminación de la guerra; que yo estaba dispuesto a comprar la paz a cualquier precio a fin de que cesasen las calamidades pública?.   Por hallarme bastante enfermo no he marchado antes a Mendoza, donde se halla mi familia y pienso hacerlo muy pronto dejando a la cabeza de la División al señor Coronel Don José Ruiz Huidobro, pues ya tengo la venia del señor General en Jefe para retirarme entregando el mando a uno de los jefes de mi confianza y es por esto que en adelante dirigirá usted sus comunicaciones al expresado Coronel Ruiz. A mi pasada por Catamarca haré que aquel Gobierno autorice al de Buenos Aires para entender en las relaciones exteriores e igualmente, estando ya separado del mando de las armas exploraré cuidadosamente la voluntad de estas Provincias del interior, si están o no por el sistema que usted se ha propuesto para la Constitución del país, o si están por la opinión del señor López, y finalmente aseguro a usted con la sinceridad* de mi carácter, que sea cual fuere la situación en que me halle siempre seré de usted constante y fiel amigo, y repitiendo esta protesta con las veras de mi afecto le saludo y Beso su mano Juan Facundo Quiroga      

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Carta de Quiroga a Rosas (4-12-1831)

Tucumán, diciembre 4 de 1831. Señor Don Juan Manuel de Rosas.   Amigo querido y dueño de mis afectos: Considerando que sería necesario hacerle una Posta para instruirle de los últimos acontecimientos de la guerra, me resolví detener al correo Gómez. La derrota que sufrió el finado Coronel Vargas y General Ibarra, me causaron mucho mal, tanto por las caballadas que perdió el primero, cuanto por la precisión en que me vi de redoblar mis marchas para obligar al enemigo a una batalla, antes que saliese del territorio de Catamarca; mas éste se burló del empeño con que le perseguí, de que resultó que después de la acción del 4 sólo contaba con 800 caballos, que me podían servir hasta Salta, pues el resto, aunque estaba en buena carnadura, se hallaba muy picada del vaso e incapaz de servirme. Los 800 caballos útiles de que hablo vinieron herrados de pies y manos, que a no ser así, me habría visto muy mal por lo fragoso y estrecho de los caminos; he dicho esto para que usted se persuada que aunque yo hubiera tenido voluntad de pasar a Salta, no lo podía hacer. Ello es amigo, que la cuestión se ha terminado por el tratado de paz que acompaño. Yo bien conozco que no debí concluir el tratado de paz, sin sujetarlo a la ratificación del Señor General en Jefe, pero también igualmente conozco que el expresado General en Jefe no podía ni debía alejarse tanta distancia dejandc a la división de los Andes sin apoyo alguno, y aún parece en este paso que el Señor General tenía interés en que fuese destruida, o de no ¿qué quiere decir la orden que dió para que marche contra los restos del Ejército sublevado y el poder de dos Provincias aguerridas que más de una vez domaron el orgullo de los Españoles? Tampoco ignoré que el Señor General López no quería que yo tomase parte en la guerra contra Paz, y que si se me confió el Regimiento de auxiliares fué exclusivamente por usted, y quién sabe cuál hubiera sido la suerte de la República, si usted no marcha con prudencia, paso firme y sostenido: Digo esto para desahogarme de cuanto siento y no para darme una importancia que no tengo. Es verdad que a pesar de hallarme ya convaleciente, ya moribundo, pedí órdenes para marchar sobre el enemigo, pero esto fué en circunstancias que el Ejército de reserva ocupaba la Provincia de Córdoba; mas si yo hubiera sabido que se retiraba a Buenos Aires y el Señor General a Santa Fe, yo me habría guardado muy bien de pedir tal orden, pues nunca he tenido el delirio de figurarme otro Francisco Esteban. En fin, Dios ha guiado mis pasos, y dado fortaleza del modo más visible a los Auxiliares de los Andes.   De todos modos yo a usted reitero mis deseos de que sea feliz y goce salud, como que soy su consecuente y reconocido amigo que besa su mano. Juan Facundo Quiroga

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CARTA de Quiroga a ROSAS (13-02-1831)

  Pergamino, febrero 13 de 1831. Señor Don Juan Manuel de Rosas. Apreciado y distinguido amigo: Su comunicación de usted del 6 del presente ha llegado a mis manos y están sus dos favorecidas muy conformes con mis ideas. La obra de nuestra organización política debe conseguirse por los medios que indica y en verdad es el único resorte que puede tocarse para evitar nuevas intrigas y aún una nueva lucha. Lo que por convencimiento se hace es mucho más estable que lo que se ejecuta por la fuerza. Debo marchar hoy; que la suerte me sea tan propicia comc le deseo a usted y a todos los que marchan bajo sus principios, son los votos de su afectísimo amigo y atento servidor. Juan Facundo Quiroga [En Archivo General de la Nación. 5-28-1-5.]

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